El pasado viernes por la noche me sentí muy mal. Salí a pasear a mis mascotas y mientras caminaba con ellas, controlando sus súbitos arranques debido a su energía (son animales jóvenes) y el hecho de que no las he educado mucho que digamos, trataba al mismo tiempo de comunicarme a alguno de esos servicios de atención psicológica, sin mucho éxito.
Como lo había expresado antes de manera verbal, por ejemplo con la psicóloga Leticia, en mi trabajo se me considera un excelente empleado tanto en mi rendimiento como en la calidad de mi trabajo, la confiabilidad, la rapidez con la que lo hago, y cumplo con asistencia y puntualidad y todas las reglas de disciplina; y sin embargo, se me considera un problema. ¿Qué aberración es esa?
Antes de conciliar el sueño, decidí no acudir a la cita del día siguiente, en la asociación psicoanalítica a las diez de la mañana, con un terapeuta de nombre Juan Carlos y en ese momento se lo escribí por WhatsApp. Me molestaba tener que someterme a un proceso para ser aceptado como paciente, y que se me haya asignado un terapeuta del sexo masculino, algo que querría evitar a toda costa. Puesto que tenía las primeras horas de la mañana libres, pude haber asistido a la junta de al-anon, al grupo para hijos adultos de alcohólicos, pero desde hace tiempo me he cuestionado la utilidad de esto. Seguía sintiéndome mal y no creí que exponerme a la frustración que me provoca escuchar a otras personas decir tontería y media fuera a ser de ninguna ayuda.
Un poco después de las nueve de la mañana recibí una llamada de mi amigo Hugo, dueño de una tienda de bicicletas y artículos para ciclismo que me vendió mi bicicleta Cannondale, misma que uso desde finales de octubre de 2016, una máquina preciosa que me recuerda los cambios tan afortunados que se han dado en mi vida en los últimos años, a partir de que obtuve el empleo con el que cuento. Mi amigo me habló para avisarme que ya había logrado hacer funcionar mi ‘cyclocomputer’, que en apariencia se había dañado cuando se reparó mi bicicleta por la caída que sufrí el domingo anterior, lo que incluyó lavarla con abundante agua. Me fui al negocio de Hugo en mi velocípedo, vistiendo ropas de civil, con mi casco nuevo, de color rojo, comprado a raíz de que el anterior se rompió el domingo pasado, al estrellarme.
Decidí dejar ahí mi bicicleta e irme a cortar el pelo al popular barrio de ‘Santa Tere’ y así lo hice, después de lo cual me dirigí al centro a hacer unas compras y regresé directamente a casa, donde tomé un café para después dirigirme a la tienda de Hugo a recoger mi velocípedo. El velocímetro (cyclocomputer) parecía funcionar a la perfección, pero se borró toda la información, como distancia total (había alcanzado los 7175 km), distancia del recorrido, tiempo del mismo, máxima velocidad alcanzada, velocidad promedio, etc.
Esto es de particular importancia porque una vez que hice del ciclismo un estilo de vida (hace más de 25 años), habiéndole puesto a mi bicicleta uno de estos dispositivos electrónicos, comencé a darle una tremenda importancia a la lectura de la distancia total. En 1997, alcancé 10 mil kilómetros (no sé en qué fecha comencé, en cero) y después de eso se dio la contratación en esa empresa de la maquiladora electrónica, que se convertiría en mi primera experiencia laboral y donde habiendo durado solamente dos meses y medio porque mi ‘amigo’ David me pegó por la espalda y me arruinó, se convirtió en otro punto de inflexión en mi vida, regresar a un infierno, pero peor del que ya conocía.
En estos momentos, acercándome a 45 meses en mi empleo actual, mi situación es estable, pero no buena. En las últimas semanas se han dado situaciones que me han alejado de la directora de mi departamento, algo que no me preocupa más de la cuenta pero que fueron el detonante de la crisis que se presentó hace menos de 48 horas. Y volviendo al asunto de mi deporte, mi bicicleta de carreras y mi ‘cyclocomputer’, pienso en otros eventos significativos que se dieron en tiempos recientes en relación con la lectura de la distancia total. Un domingo 5 de marzo de 2017, hallándose la lectura arriba de 17 mil kilómetros, por alguna razón la borré y comencé de nuevo, en cero. El sábado 6 de mayo siguiente, habiendo alcanzado la cifra de 1000 km, sufrí un accidente en mi bicicleta del que salí con la clavícula izquierda fracturada, lesión que me mantuvo alejado del trabajo casi seis semanas. Cuando regresé a laborar, encontré que habían contratado a una señora de más de 60 años en el mismo puesto que yo (traductor), con fecha de ingreso en la segunda semana de junio, que permanecería el resto del año causando todo tipo de problemas hablando falsedades de mí a mis espaldas y convirtiendo a Omar – un mal individuo – en su títere, y en mi enemigo.
En agosto siguiente compré una batería para mi velocímetro y volví a usarlo, pero mis recorridos eran de muy pocos kilómetros y el avance fue lento. Esto debido al cansancio con el que vivía, tal vez en parte por los efectos colaterales de los medicamentos que tomo, y tal vez también por la hostilidad que tuve que enfrentar de compañeros cercanos a mí en el trabajo, como el mencionado Omar, un individuo despreciable maestro del chisme y la intriga.
En noviembre de 2017 compré el ‘cyclocomputer’ que uso actualmente, mismo que no arrancó en cero, pues le introduje la cifra 1200 km (del dispositivo anterior, que ahora deseché porque ya no funcionaba correctamente) y de ahí continué hasta el pasado domingo 13 de enero de 2019, en que alcancé la cifra antes mencionada, quedándome a 25 km de alcanzar los 7200.
El hecho es que restando 1200 a 7200 el resultado da 6000 km. Cuando ingresé a mi empleo (a finales de abril de 2015) la lectura de mi ‘cyclocomputer’ andaba en cinco mil ochocientos y pico, una cifra que yo hubiera querido evitar pues el número ocho me produce rechazo, uno de esos sentimientos irracionales que para mí son un misterio, pero están ahí, en mi mente enferma. Siento que si la distancia total de mi ‘cyclocomputer’ muestra uno o varios ‘ochos’ va a ocurrir un evento catastrófico en mi vida.
Una de las facetas de mi patología.
Inicia otro año y tomo la decisión de continuar escribiendo un blog sobre mi trastorno límite de la personalidad (TLP [Borderline]) en otro espacio, ahora anónimo para evitar problemas y tener mayor libertad de expresión.
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