martes, 8 de enero de 2019

Mis problemas cotidianos, y una posible terapia psicoanalítica


A partir de agosto del año pasado, mi situación en el trabajo, específicamente en la oficina volvió a deteriorarse, principalmente por un compañero de nombre Omar, con puesto de jefatura, que tiene una muy mala reputación (y más de 10 años en la empresa), muy allegado a la directora de nuestro departamento, que continuó con su labor de más de un año, consistente en hablar mal de mí a mis espaldas, falsedad y media.

Así manipuló a una recién llegada, su jefa, de nombre Blanca que vino a ocupar una gerencia recién creada. La animadversión que esta mujer comenzó a mostrar hacia mí me produjo un tremendo malestar, que aunado a otros eventos adversos provocó una crisis a principios de octubre.

A todas las personas nos afecta que otros hablen mal de nosotros, pero en mi caso, el daño es mucho mayor, pues por mi trastorno soy extremadamente sensible. Esto ha pasado a lo largo de toda mi vida. Siendo un niño con problemas, durante mis años de escuela mostré un comportamiento errático y mucha torpeza pues ni siquiera sabía disimular mis conductas inadecuadas. Fui el prototipo perfecto del chivo expiatorio y donde más me afectó vivir ese papel fue al interior de mi familia. Mi padre fue un hombre violento y muy incompetente (entiéndase pendejo, además de un hijo de puta) para educar a sus hijos. Mi madre fue el tipo de mujer que nunca debió tener hijos. El tiempo pasó y dejé de ser un niño, y al salir de la adolescencia, era un joven de apariencia normal, pero con patologías graves.

La violencia no disminuía, simplemente cambiaba de forma.

Pasé los primeros años de mi juventud encerrado muchas horas del día en mi habitación, estudiando, convirtiéndome en un autodidacta para adquirir conocimientos para continuar con mi educación, concluir mi licenciatura en ingeniería y llegar a dominar el idioma inglés. En esto fui bastante exitoso, si bien nunca logré concluir mis estudios. Al mismo tiempo, me ejercitaba de manera obsesiva y caótica y mis horarios eran un verdadero desorden, pues por mis problemas de salud mental no había un patrón de sueño establecido y frecuentemente pasaba periodos de tiempo muy largos sin poder dormir.

Mi vida social era inexistente, no tenía amigos aunque sí algunos conocidos a quienes frecuentaba únicamente para actividades deportivas (el ciclismo en carretera, por ejemplo). Carecer de un verdadero círculo social y de una pareja fue causa de mucho sufrimiento, y en casa, la guerra con mi padre se intensificaba, sin tener conciencia de que mi madre en realidad no era mi aliada, sino un enemigo encubierto.

Será fácil deducir de todo esto, que a mí se me consideraba la calamidad de mi familia, el causante oficial de todos los problemas, el motivo de vergüenza. Lo peor de todo es que esto nunca cambió. Hoy, con 54 años de edad, a tres meses de cumplir 55, mi situación ha cambiado de manera favorable por varias razones, la más importante que tengo un empleo y estabilidad económica, y estar lejos de lo que queda de mi familia, excepto por mi madre que vive conmigo, ha sido bueno. Sin embargo, sigo careciendo de un círculo social y no he tenido pareja en mucho tiempo.

Es casi seguro que el próximo sábado me dirija a una sociedad psicoanalítica para una entrevista, con intención de que se me acepte como paciente. Me agrada la idea porque en terapia siempre he tenido una tremenda necesidad de hablar de mi pasado difícil, de mi conflicto con mi padre (el mayor enemigo que he tenido jamás) que murió hace ya once años, y cuyo legado sigue lastimándome. Mi resentimiento no me permite disfrutar de mi vida, y situaciones como las que se han dado en mi trabajo me provocan un gran sufrimiento porque siento que sin importar lo bien que me conduzca en la vida, y las cualidades que pueda tener (como ser competente y totalmente confiable) no cuentan para nada cuando tengo que enfrentar situaciones adversas.

A principios de octubre del año pasado, en mi trabajo se me consideró una persona peligrosa y gente de Recursos Humanos me pidió que consiguiera en la institución de salud donde recibo atención psiquiátrica, un certificado de persona no peligrosa. Esto cuando yo había sido objeto de las intrigas de ese compañero de nombre Omar, con puesto de jefatura, y de su gerente recién llegada, de nombre Blanca.

Esta fue una situación muy injusta y aunque se resolvió bien, sin consecuencias para mí, ha contribuido a provocar desesperación e incluso el deseo de darme por vencido, de ya no seguir adelante con mi vida. En momentos difíciles ha aparecido ese bello ser humano al que conocí hace once años, en diciembre de 2007, al día siguiente de que murió el monstruo que tuve por padre; una psicóloga que me atendió durante un año y medio, aproximadamente para después irse de mi vida y volver a aparecer unos años más tarde. Ahora es mi amiga y yo la considero la mejor persona que he conocido en toda mi existencia.

Si existe la posibilidad de que inicie una terapia psicoanalítica a partir de la semana que va del 14 al 20 de enero, valdrá la pena pensar detenidamente en cuáles son mis problemas más apremiantes para planteárselos a mi terapeuta en las primeras sesiones. Esto me da algo que hacer.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Centro de Intervención en Crisis, SALME

  Un poco antes del amanecer del miércoles 17 de enero, volví a marcar el número de teléfono del Centro de Intervención en Crisis de SALME (...