martes, 19 de febrero de 2019

Edad madura, aspecto físico y antagonismo con personas miserables


Me tomé mi tiempo de descanso y me dirigí a otro edificio, a sentarme en una cómoda silla reclinable con intención de continuar con la lectura de mi libro sobre TLP, pero en lugar de ello tomé mi Smartphone y le eché un ojo a mi cuenta de Twitter, que encontré poco interesante. Entonces dirigí una mirada a mi WhatsApp y sin saber cómo fui a la configuración, donde aparecían más de 20 números bloqueados, uno de los cuales era el de una compañera de trabajo, de muy corta estatura con la que romí en agosto del año pasado porque se portó agresiva y grosera conmigo, por segunda vez. Ahora no le doy ni los buenos días.

Vi la foto de su avatar a la distancia (sin amplificarla) en la que aparece con su cónyuge y no supe quiénes eran esas personas. Al agrandar la imagen pude reconocer a esa tipa junto con su marido (al que no conozco en persona, ni me interesa en lo más absoluto), lo que me trajo a la mente la jodidez de tantas personas, que se refleja en su aspecto físico. Esta tipa presenta sobrepeso (lo que no resulta demasiado evidente) pero al observarla se percibe una proporción muy alta de tejido adiposo en relación con su constitución física, un rostro abotagado, hinchado, y una sonrisa llena de fealdad posiblemente por lo falsa que resulta viniendo de una persona que escupe amargura y despide un hedor a hiel.

Se hace difícil ir por la vida topándose con tanta gente con tan mal aspecto físico, sobre todo porque la mayoría de las veces va acompañado por una fealdad interior, por un odio que llevan dentro cuyo origen parece ser una historia de vida difícil que deciden no enfrentar, optando por fugarse de diversas maneras. Ahora que he conseguido llegar a mi peso ideal, y mi índice de masa corporal es un poco inferior a 24, pienso en lo importante que ha sido mi aspecto físico desde la adolescencia, lo cual fue una de las motivaciones para convertirme en un deportista serio, aprender sobre nutrición y optar por un estilo de vida muy sano pese a padecer una patología muy grave.

Es un hecho que mi genética es buena, tengo el aspecto de una persona de raza blanca, un nivel de energía poco común incluso en hombres más jóvenes que yo y la conciencia de que nunca fue mi intención cultivar una sola característica (mis capacidades físicas, más bien modestas) sino conseguir un desarrollo integral, estudiando y aprendiendo por medio de la lectura. Mi falta de logros es en buena parte aparente y una prueba de ello es la animadversión que despierto en hombres que necesitan compararse conmigo, percibiéndome como un adversario débil y al no salir favorecidos de tal comparación, comienzan a sentir un profundo odio contra mí, lo que no sería fácil entender tomando en cuenta que se consideran tan superiores.

Hay un antagonismo entre hombres como yo e individuos del sexo masculino con características sexuales no muy definidas, independientemente de su estatura o su nivel socioeconómico o la preparación con la que cuenten. Había mencionado al médico de la empresa en una entrada reciente, junto con su jefe el director de RH, describiendo al primero como un sujeto de estatura apenas mediana, sin sobrepeso aparente pero con una espalda angosta, una carencia de masa muscular casi absoluta, adicto al tabaco, con actitud generalizada de hostilidad no muy encubierta y una ausencia de expresividad en su rostro que parece proyectar anedonia, o un estado depresivo crónico, posiblemente incurable.

Esa condición de vida es absolutamente incompatible con la mía, y eso parece colocarnos en bandos opuestos; en lugar de percibirnos como hombres distintos, nuestras diferencias nos convierten en antagonistas.

Yo no tengo intenciones de hacerle ningún daño a ese individuo débil que ante mis ojos no es otra cosa que un ratón emasculado. Seguir con mi vida es motivo suficiente para provocarle un sufrimiento intenso que acelerará el término de su existencia, en un periodo de lapso muy doloroso para él, por cierto.

Son mis cualidades, más que mis defectos los que provocan hostilidad en otras personas, algo que no me resulta fácil de entender, pero que empiezo a aceptar.

Así la naturaleza humana.  


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