miércoles, 20 de febrero de 2019

Mi libro sobre TLP, mi diagnóstico y mi papel en mi lugar de trabajo


Desperté de madrugada y salí a pasear a mis mascotas, evento un tanto estresante por el comportamiento de mis perritas, pero más que nada por mi neurosis. En realidad ellas se comportan como lo que son, animalitos y yo les exijo que no se detengan a husmear, que no caminen en la dirección errónea (por ejemplo para evitar enredar la correa en un poste o en un árbol), etc.

Como quiera que sea, una vez en casa subí a mi habitación y me puse mi piyama para volver a dormir. Seguí en la cama hasta las 8:30 horas, me levanté y bajé a tomar mi acostumbrada taza de café con un pedazo de pan, mientras miraba videos en youtube. Esta vez busqué desnudos femeninos, pero no fue posible contemplarlos por la restricción de edad, el modo de eliminarla parece bastante confuso. Terminé viendo un par de videos musicales, de esos que ya me aburren.

Después de desayunar y bañarme, salí de casa a una hora bastante temprana (en relación con mi hora de entrada al trabajo) y llegando con media hora de anticipación, me dirigí a otro edificio. Esperé a la médico, pero la puerta del consultorio estaba cerrada y decidí dirigirme a mi edificio, checar la entrada y comenzar a trabajar. Unos minutos más tarde le envié un mail interno a la médico (de nombre Mónica) y ella me contestó amablemente que estaría disponible a las 11:30 horas. Acudí al consultorio a esa hora y Mónica me hizo el favor de aplicarme la tercera inyección de cinco de Complejo B (Bedoyecta).

Esta dama (unos veinte años más joven que yo) me resulta muy agradable, una persona muy educada, amable, con buena presencia y un bonito carácter. Se me ha ocurrido que podría intentar entablar algún tipo de relación con ella, pero no sé si esto sea factible. Lo que sí es un hecho es que necesito alguien dentro de la empresa en quien confiar, alguien con quien pueda dialogar ocasionalmente. Como había mencionado en entradas anteriores, el director de RH me resulta repulsivo por su naturaleza traidora y cobarde, ya no puedo confiar en el médico, me he alejado de la directora de mi departamento, etc.

De hecho, tengo muy poco contacto con otras personas, que hasta hace unas cuantas semanas se limitaba a hablar por teléfono con una o dos psicólogas en fin de semana, pero en tiempos más recientes, lo hago también con otra psicóloga (de nombre Celia) un día entre semana, jueves. Vivo con mi madre y platico con ella más que antes, pero por razones obvias (edad, diferencias entre nosotros por nuestra vida en común, bastante difícil) esta comunicación es bastante limitada, por ejemplo, no puedo hablar más a fondo de temas de sexualidad, sobre todo porque algunos los vivo en secreto y por tanto, puedo tratarlos únicamente con algunos profesionales de la salud mental.

Mi libro sobre TLP (The borderline personality disorder, Survival Guide) dedica el capítulo seis a “comportamiento suicida y auto-daño deliberado”, haciendo énfasis en la importancia de saber distinguirlos, pues muchas veces un paciente con TLP se hace daño a propósito (por ejemplo, se causa algún tipo de lesión) pero sin intenciones de quitarse la vida, mientras que en otras ocasiones, la intención es matarse y un error de apreciación por parte de un médico puede tener consecuencias letales.

Menciona el caso de un hombre joven, de nombre Michael, que después de una sesión de terapia difícil se cortó en el inodoro. Recordando el plan de emergencia acordado con su terapeuta, se dirigió en su auto al área de urgencias de un hospital y le dijo al doctor “necesito ayuda, traté de quitarme la vida y todavía tengo la idea”. El médico decidió que la herida no parecía grave y que Michael nada más quería ser atendido (en otras palabras, llamar la atención), por lo que lo dio de alta, al día siguiente Michael se suicidó.

No sé si ese médico era un pendejo, o un hijo de puta, o las dos cosas. Leer esto me produce mucho malestar porque en diferentes épocas de mi vida mostré comportamientos suicidas, posiblemente (o seguramente) como una manera de expresar la desesperación y el sufrimiento tan intenso que me aquejaba y recibí respuestas terribles de médicos psiquiatras, o de miembros de mi familia.

En relación con esto, he sentido en las últimas semanas que en la empresa donde trabajo me están utilizando para ignorar los graves problemas que se han dado en el departamento al que pertenezco, por ejemplo, que tiene el peor clima laboral de toda la compañía. De hecho se dice que en el papel, el departamento al que pertenezco es parte de la empresa, pero en la práctica, es autónomo, pues no se rige por los reglamentos de la compañía, sino por la voluntad de su directora, que en realidad es el poder detrás del trono. El director general (hijo del dueño y fundador de la empresa) es el jefe en la teoría, pero en los hechos, él hace lo que la directora de mi departamento quiere. Esto porque esa señora le ha dado a ganar mucho dinero a la compañía, y se ha convertido en una persona con mucho poder a quien mucha gente (incluso de su mismo nivel corporativo) teme.

Si yo no me siento bien, mi malestar se atribuye a que padezco una patología grave, o sea que tengo una percepción alterada de la realidad (algo absolutamente falso, y por demás perverso) y las encuestas y sus resultados hacen de esta aseveración un disparate, pero esto no se toma en cuenta.

Así, el director de RH (que tiene menos de un año en su puesto), optó por la cobardía y aceptó convertirse en una figura decorativa. Ahora, su aspecto me parece grotesco y evito siquiera mirarlo, pues para mí representa el epítome del hombre deleznable, carente del mínimo respeto que todo ser humano debe de tener por sí mismo.

Escribir esto constituye una forma de terapia, y una catarsis.

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