jueves, 21 de febrero de 2019

Primera sesión de ejercicio de la semana, cansancio crónico y los problemas de mi mente


Esta mañana desperté después de las siete y bajé a tomar mi acostumbrada taza de café con una pieza de pan, haciendo esto en la cocina, sin dirigirme a la sala con intención de ver videos en Youtube por televisión. Una vez hecho esto, subí a mi habitación e hice los preparativos para mi sesión de ejercicio en mi bicicleta de carreras, sobre rodillos. Mi intención era usar mis rodillos Kreitler, comprados en abril de 2017, mismos que dejé de usar hace como seis meses porque se rompió una pieza de plástico, lo que provoca que al girar emita un ruido insoportable. El fin de semana traté de arreglar esto, pero no tuve éxito.

Por ello, hoy volví a usar mis rodillos de cilindros de 4 pulgadas de diámetro, mismos que compré hace más de 26 años. Fue mi primera sesión de ejercicio de la semana y aun así me sentí cansado y falto de energía. Hice apenas el mínimo (veintitantos kilómetros) y al terminar intenté hacer ejercicios con pesas pero me limité a usar las mancuernas, incluso para eso tuve que hacer acopio de fuerza de voluntad.

Salí de casa bastante temprano y en consecuencia llegué mucho antes de mi hora de entrada. Había pensado dirigirme a otro edificio a leer mi libro de TLP mientras transcurría el tiempo previo a mi inicio de labores, pero decidí irme directo a mi lugar de trabajo y empezar a trabajar 20 minutos antes, con intención de tomar una hora de descanso al caer la tarde. En el trayecto leí poco, en parte porque me resulta difícil concentrarme, y en parte porque pese a haber dormido bastante, mi cansancio se manifestaba en forma de somnolencia. No sé si esto sea otro síntoma de depresión, si bien debo recordar que en la llamada del domingo la psicóloga Celia me dijo que ella no me percibía muy deprimido.

Durante el trayecto sí hice algo que podría considerar importante: borrar de los archivos de imagen de mi Smartphone casi todas las fotos de Laura, esa mujer a la que quise tanto, a quien dije adiós en fecha reciente, cuya ausencia me ha llenado de tristeza, frustración y en ocasiones furia. Antes de quitar sus imágenes de mi galería en mi Smartphone, las envíe a algunas de mis cuentas de correo electrónico, porque no quiero perderlas. Durante las primeras horas de mi turno laboral pensé en esta mujer, sintiendo que había dejado de quererla y que iba a dejar de extrañarla, pero de pronto volví a pensar en ella con afecto y sentí una súbita tristeza.

Contrastan estos cambios en mi estado de ánimo con lo que leí en mi libro sobre TLP (Borderline Personality Disorder, Survival Guide) en relación con comportamiento suicida y daño auto infligido de forma deliberada. Ese capítulo explica de forma muy clara las diferencias entre estos actos y la importancia que revisten, ya que implican mucho peligro, aun cuando no siempre la intención sea quitarse la vida. De pronto recordé una película sobre la trágica vida de una mujer canadiense, que pasó tiempo en la cárcel y acostumbraba cortarse en los brazos con objetos punzocortantes. En una escena ella argumenta que al correr la sangre, el dolor se va. Al escuchar sus palabras comprendí por qué mostré ese comportamiento en el año 1995, el más terrible de toda mi vida (por lo menos de la parte que llevo recorrida). Hacerme incisiones en el brazo izquierdo con una navaja de rasurar no era muy doloroso, la hemorragia era más o menos abundante, y el alivio era considerable. El color tan bello de la sangre constituía un regalo visual.

¿Y cómo se relaciona esto con Laura, la amiga que se fue de mi vida? Tiene que ver en lo que he mencionado antes en este blog, que ella me atendió durante los meses en que me relacioné sentimentalmente con otra psicóloga, compañera de ella, que después dio marcha atrás y manipuló a su violento marido para que profiriera amenazas en mi contra, lo que dio inicio a una guerra que tuvo consecuencias muy graves para esa mujer desvergonzada e inmoral. El hecho es que en algún momento durante el año 2009 (cuando Laura estaba a punto de irse de esa institución de salud mental), cuando le pidieron una opinión profesional sobre los efectos que tuvo en mí como paciente la serie de faltas gravísimas que su compañera cometió, Laura faltó a la verdad, regalándole impunidad a su compañera, faltando a la ética y pegándome por la espalda.

Lo que no me puedo explicar es qué fue lo que motivó a Laura a faltar así a la verdad, y qué significó mi sufrimiento para ella, habiendo presentado en varias ocasiones crisis en las que manifestaba mi intención de quitarse la vida; crisis detonadas por esa agresión tan brutal de esa psicóloga delincuente, compañera de Laura, que a todas luces había quedado impune.

Este hecho nunca ha dejado de molestarme, aun cuando llegué a querer mucho a Laura, pero ahora que me he dado cuenta de que ella ha hecho de su vida un tinglado de mentiras y sospecho que acepta la corrupción en su vida (por lo menos en cierta medida), me pregunto qué tan honesta es. Mi interrogante es si Laura ha evitado cometer actos cuestionables, o incorrectos motivada por evitar posibles consecuencias, o porque la honestidad es un valor internalizado.

Empiezo a cobrar conciencia de mi fuerte tendencia a idealizar a otras personas, conociéndolas poco, contando con información insuficiente sobre ellas mientras que al mismo tiempo gasto una barbaridad de energía psíquica pensando en ellas y en el modo como me perciben. Con esto me refiero a que entre los profesionales de salud mental que me han atendido, parece haber un consenso respecto a considerarme un individuo violento y posiblemente peligroso. No sé bien cuál es la razón de esto, pues si bien no puedo negar que le he hecho daño a algunas personas, cuando esto ha sucedido, ha sido siempre porque fui agredido sin justificación y el ataque fue lesivo para mí.

Esa percepción de otras personas representa un problema para mí porque estoy muy solo y cuando intento acercarme a alguien (a una mujer, con intención de iniciar una relación de amistad o de pareja) casi invariablemente soy rechazado y eso redunda en un sufrimiento mayor. Esa soledad es uno de mis mayores problemas, y no sé cómo voy a resolverlo.

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