martes, 19 de febrero de 2019

El fin de semana pasado, domingo


El domingo fue un día sin mucha actividad, pero pude hablar con una psicóloga, vía telefónica, algo que evité hacer el día anterior. Hablar con esta dama, relativamente joven me proporciona un gran bienestar porque me da la oportunidad de exponer mis ideas de una manera clara, ante una interlocutora inteligente, que sabe escuchar y todo esto me ayuda a aclarar mis ideas, me tranquiliza y en parte me sirve como catarsis.

Me enteré que en SALME soy una persona conocida (no quisiera decir importante), y que están al pendiente de mi blog, por lo menos de uno que dejé de escribir en los primeros días de enero, dejándolo en 240 entradas escritas a partir del inicio del año 2018.

Como decía en la entrada anterior, el sábado evité ejercitarme en mi bicicleta de carreras porque el cansancio era muy acusado y resultaba fácil comprender que tener actividad en esas condiciones resultaría dañino, indeseable. El domingo no me sentí recuperado del todo, pero pude hacer un buen número de kilómetros en rodillos y al hacer un paréntesis, para tomar aire, decidí salir y hacer un recorrido por mi circuito acostumbrado, de 4000 m, de los cuales aproximadamente la mitad son cuesta arriba. Mi desempeño fue menos intenso que en otras ocasiones, y el recorrido total fue menor al acostumbrado porque no quise provocarme un agotamiento que me complicara el día siguiente, primer día laboral de la semana.

Al salir de casa vi a mi vecino Pelochas, al que detesto, barriendo las hojas que caen de los árboles, con su aspecto tan desagradable. Evité hacer contacto visual con él y una vez que hube colocado el candado en la reja, me subí a mi bicicleta y me alejé pedaleando. Más tarde mi madre me dijo que había observado la escena desde la ventana de su dormitorio y Pelochas se había percatado de ello, optando por bajar la mirada.

Una de mis tareas pendientes era lavar algunas prendas de ropa, pero no lo hice. En lugar de ello comí poco después de regresar de mi recorrido ciclista para continuar con la lectura del libro “The Borderline Personality Disorder, Survival Guide”, del que tomé notas mentales para la llamada con la psicóloga Celia, especialista en psicoanálisis, programada para la noche del domingo.

Cuando busqué a Celia, a la hora acordada, traté más o menos los mismos temas que con su colega, la psicóloga con la que había hablado en la mañana, en relación con los mitos asociados al TLP y lo mucho que me llamó la atención que en mi caso, a diferencia de la generalidad de quienes presentan este trastorno, sí tiendo a violentar a otras personas (jamás sin provocación) y rara vez dirijo la agresión hacía mí, lo que explica que pocas veces en mi vida recurrí a comportamientos de automutilación, y jamás incurrí en abuso de sustancias.

Algo posiblemente más importante es el hecho de que no soy un manipulador, e incluso en aquella época en que me atendió una psicóloga de nombre Leticia, en varias ocasiones tuve que hacer enormes esfuerzos para evitar ponerme a llorar al mencionar a mi hermana menor (fallecida dos años antes), y otro tipo de vivencias difíciles.

Dejando estos temas a un lado, le dije a Celia que estaba tremendamente deprimido y la razón más aparente era el término de mi amistad con Laura. Hablé bastante sobre esta bella mujer, y la tristeza que siento al tomar conciencia de que ya no la voy a volver a ver, y el sentimiento de profundo malestar que me provoca cobrar conciencia una vez más que hace cerca de 10 años rompió la neutralidad a favor de una compañera de trabajo de ella (y colega) que me agredió de una manera terrible y puso en peligro mi integridad y mi vida.

Tocamos otros temas, en apariencia menos importantes. Le pregunté si cree en Dios y ella me respondió que sí. Ante la interrogante sobre si es católica (respuesta negativa) le pregunté si es judía, y la respuesta también fue no. ¿Alguna vertiente del cristianismo? De nuevo una respuesta negativa. Dios sin religión, concluí. Esta vez la respuesta fue un sí.

Le mencioné entonces el campo de extermino en Auschwitz Bierkenau, en Polonia, convertido en un museo donde se exhiben fotografías de algunas de las víctimas (incluso de niños), prendas de ropa, zapatos, los hornos crematorios, etc. y le pregunté a Celia si ella visitaría ese lugar. Su respuesta fue negativa y en eso coincidimos. Le dije entonces que yo no le veía ningún sentido a hacer algo así, sabiendo lo que sucedió ahí y no me explico cómo puede haber gente de cometer actos tan terribles.

Una de muchas razones por las que no creo en Dios.

Celia me dijo que no parezco estar muy deprimido, sino más bien tengo la mente demasiado ocupada, con un exceso de información, algo que me sorprendió pues nunca se me ocurrió que esta fuera una posibilidad. Escribir esto me trae a la mente que anoche pasé mucho tiempo en la cama, ya con la luz apagada, en mi tren de pensamientos enloquecedoramente repetitivos y obsesivos, lo que parece ser un impedimento para conciliar el sueño y hace falta hacerme el propósito de conseguir eliminar esa agitación, y poner mi mente en calma.

Seguiré en comunicación con Celia, otra persona muy fuera de lo común. Es una tendencia mía, establecer vínculos con psicólogas, sin rebasar la relación terapéutica, aunque sí es mi intención hacerlo en algunos casos, o por lo menos intentarlo.

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