El domingo fue un día sin mucha actividad, pero pude hablar
con una psicóloga, vía telefónica, algo que evité hacer el día anterior. Hablar
con esta dama, relativamente joven me proporciona un gran bienestar porque me
da la oportunidad de exponer mis ideas de una manera clara, ante una
interlocutora inteligente, que sabe escuchar y todo esto me ayuda a aclarar mis
ideas, me tranquiliza y en parte me sirve como catarsis.
Me enteré que en SALME soy una persona conocida (no quisiera
decir importante), y que están al pendiente de mi blog, por lo menos de uno que
dejé de escribir en los primeros días de enero, dejándolo en 240 entradas
escritas a partir del inicio del año 2018.
Como decía en la entrada anterior, el sábado evité
ejercitarme en mi bicicleta de carreras porque el cansancio era muy acusado y
resultaba fácil comprender que tener actividad en esas condiciones resultaría
dañino, indeseable. El domingo no me sentí recuperado del todo, pero pude hacer
un buen número de kilómetros en rodillos y al hacer un paréntesis, para tomar
aire, decidí salir y hacer un recorrido por mi circuito acostumbrado, de 4000
m, de los cuales aproximadamente la mitad son cuesta arriba. Mi desempeño fue
menos intenso que en otras ocasiones, y el recorrido total fue menor al
acostumbrado porque no quise provocarme un agotamiento que me complicara el día
siguiente, primer día laboral de la semana.
Al salir de casa vi a mi vecino Pelochas, al que detesto,
barriendo las hojas que caen de los árboles, con su aspecto tan desagradable. Evité
hacer contacto visual con él y una vez que hube colocado el candado en la reja,
me subí a mi bicicleta y me alejé pedaleando. Más tarde mi madre me dijo que
había observado la escena desde la ventana de su dormitorio y Pelochas se había
percatado de ello, optando por bajar la mirada.
Una de mis tareas pendientes era lavar algunas prendas de
ropa, pero no lo hice. En lugar de ello comí poco después de regresar de mi
recorrido ciclista para continuar con la lectura del libro “The Borderline
Personality Disorder, Survival Guide”, del que tomé notas mentales para la
llamada con la psicóloga Celia, especialista en psicoanálisis, programada para
la noche del domingo.
Cuando busqué a Celia, a la hora acordada, traté más o menos
los mismos temas que con su colega, la psicóloga con la que había hablado en la
mañana, en relación con los mitos asociados al TLP y lo mucho que me llamó la
atención que en mi caso, a diferencia de la generalidad de quienes presentan
este trastorno, sí tiendo a violentar a otras personas (jamás sin provocación)
y rara vez dirijo la agresión hacía mí, lo que explica que pocas veces en mi
vida recurrí a comportamientos de automutilación, y jamás incurrí en abuso de
sustancias.
Algo posiblemente más importante es el hecho de que no soy
un manipulador, e incluso en aquella época en que me atendió una psicóloga de
nombre Leticia, en varias ocasiones tuve que hacer enormes esfuerzos para
evitar ponerme a llorar al mencionar a mi hermana menor (fallecida dos años
antes), y otro tipo de vivencias difíciles.
Dejando estos temas a un lado, le dije a Celia que estaba
tremendamente deprimido y la razón más aparente era el término de mi amistad
con Laura. Hablé bastante sobre esta bella mujer, y la tristeza que siento al
tomar conciencia de que ya no la voy a volver a ver, y el sentimiento de profundo
malestar que me provoca cobrar conciencia una vez más que hace cerca de 10 años
rompió la neutralidad a favor de una compañera de trabajo de ella (y colega)
que me agredió de una manera terrible y puso en peligro mi integridad y mi
vida.
Tocamos otros temas, en apariencia menos importantes. Le
pregunté si cree en Dios y ella me respondió que sí. Ante la interrogante sobre
si es católica (respuesta negativa) le pregunté si es judía, y la respuesta
también fue no. ¿Alguna vertiente del cristianismo? De nuevo una respuesta
negativa. Dios sin religión, concluí. Esta vez la respuesta fue un sí.
Le mencioné entonces el campo de extermino en Auschwitz
Bierkenau, en Polonia, convertido en un museo donde se exhiben fotografías de
algunas de las víctimas (incluso de niños), prendas de ropa, zapatos, los
hornos crematorios, etc. y le pregunté a Celia si ella visitaría ese lugar. Su
respuesta fue negativa y en eso coincidimos. Le dije entonces que yo no le veía
ningún sentido a hacer algo así, sabiendo lo que sucedió ahí y no me explico
cómo puede haber gente de cometer actos tan terribles.
Una de muchas razones por las que no creo en Dios.
Celia me dijo que no parezco estar muy deprimido, sino más
bien tengo la mente demasiado ocupada, con un exceso de información, algo que
me sorprendió pues nunca se me ocurrió que esta fuera una posibilidad. Escribir
esto me trae a la mente que anoche pasé mucho tiempo en la cama, ya con la luz
apagada, en mi tren de pensamientos enloquecedoramente repetitivos y obsesivos,
lo que parece ser un impedimento para conciliar el sueño y hace falta hacerme el
propósito de conseguir eliminar esa agitación, y poner mi mente en calma.
Seguiré en comunicación con Celia, otra persona muy fuera de
lo común. Es una tendencia mía, establecer vínculos con psicólogas, sin rebasar
la relación terapéutica, aunque sí es mi intención hacerlo en algunos casos, o
por lo menos intentarlo.
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