El fin de semana pasado fue un tanto difícil, sobre todo el
sábado. Comenzó mal por el estrés que me causó estar escuchando ruido
proveniente de la casa de mi vecino Ricardo (al que llamo despectivamente
‘Pelochas’), porque había gente sacando escombro de un cuarto que se encuentra
en la parte posterior de su vivienda, al que su esposa llama su ‘estudio’. Salí
de casa para dirigirme a un barrio popular a dejar un par de zapatos en un
negocio de reparación y de ahí dirigirme a cortarme el pelo, en el mismo rumbo.
Después de esto —y contra mi costumbre— comí tres tacos de barbacoa y dos
quesadillas en un restaurant de la misma zona, acompañándolos con dos cervezas
de 355 mL. Fue un alimento exquisito, pero me provocó una colitis que
permaneció conmigo el resto del día.
Me dirigí a otro rumbo de la ciudad, bastante lejano a
recoger una película que había encargado y comprar otras. Regresé a casa
sintiéndome mal anímicamente, padeciendo mucho estrés (en parte por el calor
desacostumbrado en esta época del año) y como resultado de esto, pensando en
gente de mi lugar de trabajo con muy malas características, como el director de
RH de quien tuve una muy buena opinión y resultó ser un individuo pusilánime y
cobarde, igual que su subalterno el médico.
Estos dos tipos tienen en común una mala apariencia,
‘hombres’ con poca testosterona y mal aspecto, poca inteligencia y un nivel
intelectual bastante deficiente; la clase de gente que se pierde entre la
multitud. Yo confié en el gerente de RH y en la primera oportunidad que tuvo
usó la información que yo le di sobre mí voluntariamente (cometiendo un error
garrafal) para descalificarme, argumentando que mi percepción del mal clima
laboral que priva en mi departamento se debe a mi patología, a que soy paciente
psiquiátrico.
En el médico creí haber encontrado a una persona empática y
respetuosa, que parecía saber escuchar sin interrumpir, con intención de hacer
lo correcto, pero en un momento de dificultad para mí (en octubre pasado,
cuando fui separado de mis labores porque temieron que representara un peligro para
un mal compañero) mostró una gran falta de carácter y meses más tarde (hace dos
semanas) dio un giro de 180 grados a su posición ante lo mal que está la
situación en mi departamento (clima laboral) afirmando que mi compañero (una persona muy dañina) es un individuo como
cualquier otro, sin grandes virtudes ni grandes defectos.
Esto me mostró una realidad de lo más desagradable, que la
mayoría de la gente opta con toda conciencia por vivir en la cobardía, agachar
la cabeza, engañarse y aceptar lo inaceptable, llegando incluso a defender lo
indefendible.
A este respecto, lo que a mí me toca hacer es adaptarme,
aceptar estos hechos como una realidad amarga pero no por ello convertirme en
una de esas personas a las que yo considero despreciables, y en cambio tomar
conciencia de que tengo que seguir adelante a pesar de la pobreza de un buen
número de gentes con las que me voy encontrando, tomando distancia de ellas en
la medida de lo posible (como se dice coloquialmente ‘pintar mi raya’), sin
dejarme contaminar por su pobreza como seres humanos y encontrar actividades
que me interesen y constituyan un estímulo diario que supere por mucho esos
aspectos negativos de mi existencia.
Como mencioné en una entrada anterior, una de tales
motivaciones podría ser mi interés en la escritura, encontrar la manera de
darle un cauce positivo, incluso una terapia y un posible método de sanación.
Seguiré en la búsqueda.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario