lunes, 18 de febrero de 2019

Fin de semana pasado, sábado


El fin de semana pasado fue un tanto difícil, sobre todo el sábado. Comenzó mal por el estrés que me causó estar escuchando ruido proveniente de la casa de mi vecino Ricardo (al que llamo despectivamente ‘Pelochas’), porque había gente sacando escombro de un cuarto que se encuentra en la parte posterior de su vivienda, al que su esposa llama su ‘estudio’. Salí de casa para dirigirme a un barrio popular a dejar un par de zapatos en un negocio de reparación y de ahí dirigirme a cortarme el pelo, en el mismo rumbo. Después de esto —y contra mi costumbre— comí tres tacos de barbacoa y dos quesadillas en un restaurant de la misma zona, acompañándolos con dos cervezas de 355 mL. Fue un alimento exquisito, pero me provocó una colitis que permaneció conmigo el resto del día.

Me dirigí a otro rumbo de la ciudad, bastante lejano a recoger una película que había encargado y comprar otras. Regresé a casa sintiéndome mal anímicamente, padeciendo mucho estrés (en parte por el calor desacostumbrado en esta época del año) y como resultado de esto, pensando en gente de mi lugar de trabajo con muy malas características, como el director de RH de quien tuve una muy buena opinión y resultó ser un individuo pusilánime y cobarde, igual que su subalterno el médico.

Estos dos tipos tienen en común una mala apariencia, ‘hombres’ con poca testosterona y mal aspecto, poca inteligencia y un nivel intelectual bastante deficiente; la clase de gente que se pierde entre la multitud. Yo confié en el gerente de RH y en la primera oportunidad que tuvo usó la información que yo le di sobre mí voluntariamente (cometiendo un error garrafal) para descalificarme, argumentando que mi percepción del mal clima laboral que priva en mi departamento se debe a mi patología, a que soy paciente psiquiátrico.

En el médico creí haber encontrado a una persona empática y respetuosa, que parecía saber escuchar sin interrumpir, con intención de hacer lo correcto, pero en un momento de dificultad para mí (en octubre pasado, cuando fui separado de mis labores porque temieron que representara un peligro para un mal compañero) mostró una gran falta de carácter y meses más tarde (hace dos semanas) dio un giro de 180 grados a su posición ante lo mal que está la situación en mi departamento (clima laboral) afirmando que mi compañero  (una persona muy dañina) es un individuo como cualquier otro, sin grandes virtudes ni grandes defectos.

Esto me mostró una realidad de lo más desagradable, que la mayoría de la gente opta con toda conciencia por vivir en la cobardía, agachar la cabeza, engañarse y aceptar lo inaceptable, llegando incluso a defender lo indefendible.

A este respecto, lo que a mí me toca hacer es adaptarme, aceptar estos hechos como una realidad amarga pero no por ello convertirme en una de esas personas a las que yo considero despreciables, y en cambio tomar conciencia de que tengo que seguir adelante a pesar de la pobreza de un buen número de gentes con las que me voy encontrando, tomando distancia de ellas en la medida de lo posible (como se dice coloquialmente ‘pintar mi raya’), sin dejarme contaminar por su pobreza como seres humanos y encontrar actividades que me interesen y constituyan un estímulo diario que supere por mucho esos aspectos negativos de mi existencia.

Como mencioné en una entrada anterior, una de tales motivaciones podría ser mi interés en la escritura, encontrar la manera de darle un cauce positivo, incluso una terapia y un posible método de sanación.

Seguiré en la búsqueda.



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