Volví a dormir y cuando desperté había desaparecido el
cansancio y decidí ejercitarme en mi bicicleta de carreras. Por mi obsesión con
los números y la lectura del odómetro de mi cyclocomputer, decidí recorrer 43
km (una distancia considerable en rodillos), después de lo cual limpié el patio
del frente de la casa (las heces de mis mascotas) y habiendo terminado mi
sesión de ejercicio, siendo aprox. las 19:00 horas marqué un número de atención
psicológica local buscando a una excelente psicóloga que me ha atendido durante
poco más de dos años.
A esta psicóloga (omitiré su nombre) me recordó lo que yo le
había comentado el día anterior que había vuelto a cobrar conciencia de mi
fuerte tendencia a contemplar el lado negativo de mi vida, pasando por alto lo
que hay de bueno en ella, haciéndome notar el contraste con este nuevo estado
de ánimo. Yo le di la razón, y le mencioné el malestar tan intenso que he
sentido a partir de que le dije adiós a mi amiga Laura, que reavivó el dolor de haber sido traicionado por
ella hace cerca de 10 años, en lo referente al conflicto que tuve con una
psicóloga inmoral y delincuente que era su compañera.
Hablando con esta excelente terapeuta le expresé las
traiciones de las que he sido objeto durante mi vida y el efecto tan devastador
que he sufrido por ello. De ahí que al pensar en Laura afloren sentimientos
encontrados, opuestos en apariencia como la gratitud y el afecto; con el
resentimiento y la furia.
Hace 21 años, al comenzar 1998, un mal individuo al que yo
consideré mi amigo me pegó por la espalda despojándome de mi empleo. Ahí comenzó
una caída de la que siento que jamás me voy a recuperar. A mediados de ese año
me fui a una ciudad del norte del país con intención de conseguir un empleo y
entonces toda mi familia me atacó, en un esfuerzo coordinado por el monstruo
que tuve por padre, pero lo más dañino fue la traición de mi madre, que al
hacer eso se arrojó a un precipicio y me arrastró en la caída. Al terminar la
llamada, sintiéndome mucho mejor, tomé un baño y me dispuse a buscar a otra
psicóloga con la que hablo en jueves y domingo. Cuando pude hacerlo le hablé de
temas parecidos y otros aún más importantes.
Esta psicóloga es otra mujer relativamente joven de otra
entidad de la república, egresada de la UNAM, con una especialidad en
psicoanálisis. Entre los temas que tratamos estuvo el de los conflictos que he
tenido con personas que muestran un narcisismo patológico (casi siempre
hombres) y el hecho de por mi historia de vida y la grave patología con la que
he vivido, he hecho muy poco con mi vida, pareciera no haber conseguido nada
(lo cual no es cierto).
Por ello, cuando encuentro una persona narcisista,
represento un blanco fácil si lo que esa persona busca es manifestar
superioridad, asumir actitudes de condescendencia, mirarme desde arriba. Eso
fue lo que sucedió con ese ‘amigo’ de nombre David, que me contrató para un
empleo en la maquiladora electrónica a mediados de noviembre de 1997 y dos
meses y medio más tarde me echó a la calle, enloquecido de furia por no haber
conseguido demostrar una superioridad intelectual infinita. Al hacer esto, me
propinó un golpe devastador y lo considero la persona que más daño me ha hecho
en toda mi vida, excepto por mis padres.
El 24 de diciembre pasado, traté de hablar con una psicóloga
de Guanajuato y ella no escuchó lo que yo tenía intención de decirle y
argumentó que si antes no tuve un empleo fue porque no lo busqué, y que para
ella fue difícil conseguir trabajo por contar con una licenciatura; para quien
cuenta con bachillerato (refiriéndose a mí) es más sencillo conseguir trabajo.
Así, esta señora me puso por debajo del piso, pues la verdad es que mi nivel
intelectual es más alto que el de muchos profesionistas con licenciaturas
terminadas, titulados e incluso con postgrados. La aberración que dijo esta
vieja dio lugar a una discusión que derivó en un conflicto y ella acabó
colgándome el teléfono, acusándome de estar violentándola.
Le dije a Celia que me había dado cuenta de que esa
psicóloga, en primer lugar es una idiota, y en segundo lugar está más enferma
que yo. En el diálogo que siguió le expuse a Celia la idea de que esa necesidad
de muchas personas de colocarse en posiciones de superioridad proviene de una
carencia y ella estuvo de acuerdo. Le dije además que estoy consciente de que
mi cociente intelectual está arriba del promedio, y por supuesto tengo
conciencia de que hay personas más inteligentes que yo, pero no abundan. Una de
esas personas podría ser ella, y si ese fuera el caso yo no tendría ninguna
dificultad para reconocerlo y aceptarlo.
Celia creyó en la sinceridad de mi discurso y la llamada
terminó bien. Eran cerca de las diez de la noche y me dispuse a cenar.
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