lunes, 25 de febrero de 2019

El fin de semana pasado, 2a parte


Volví a dormir y cuando desperté había desaparecido el cansancio y decidí ejercitarme en mi bicicleta de carreras. Por mi obsesión con los números y la lectura del odómetro de mi cyclocomputer, decidí recorrer 43 km (una distancia considerable en rodillos), después de lo cual limpié el patio del frente de la casa (las heces de mis mascotas) y habiendo terminado mi sesión de ejercicio, siendo aprox. las 19:00 horas marqué un número de atención psicológica local buscando a una excelente psicóloga que me ha atendido durante poco más de dos años.

A esta psicóloga (omitiré su nombre) me recordó lo que yo le había comentado el día anterior que había vuelto a cobrar conciencia de mi fuerte tendencia a contemplar el lado negativo de mi vida, pasando por alto lo que hay de bueno en ella, haciéndome notar el contraste con este nuevo estado de ánimo. Yo le di la razón, y le mencioné el malestar tan intenso que he sentido a partir de que le dije adiós a mi amiga Laura, que  reavivó el dolor de haber sido traicionado por ella hace cerca de 10 años, en lo referente al conflicto que tuve con una psicóloga inmoral y delincuente que era su compañera.

Hablando con esta excelente terapeuta le expresé las traiciones de las que he sido objeto durante mi vida y el efecto tan devastador que he sufrido por ello. De ahí que al pensar en Laura afloren sentimientos encontrados, opuestos en apariencia como la gratitud y el afecto; con el resentimiento y la furia.

Hace 21 años, al comenzar 1998, un mal individuo al que yo consideré mi amigo me pegó por la espalda despojándome de mi empleo. Ahí comenzó una caída de la que siento que jamás me voy a recuperar. A mediados de ese año me fui a una ciudad del norte del país con intención de conseguir un empleo y entonces toda mi familia me atacó, en un esfuerzo coordinado por el monstruo que tuve por padre, pero lo más dañino fue la traición de mi madre, que al hacer eso se arrojó a un precipicio y me arrastró en la caída. Al terminar la llamada, sintiéndome mucho mejor, tomé un baño y me dispuse a buscar a otra psicóloga con la que hablo en jueves y domingo. Cuando pude hacerlo le hablé de temas parecidos y otros aún más importantes.

Esta psicóloga es otra mujer relativamente joven de otra entidad de la república, egresada de la UNAM, con una especialidad en psicoanálisis. Entre los temas que tratamos estuvo el de los conflictos que he tenido con personas que muestran un narcisismo patológico (casi siempre hombres) y el hecho de por mi historia de vida y la grave patología con la que he vivido, he hecho muy poco con mi vida, pareciera no haber conseguido nada (lo cual no es cierto).

Por ello, cuando encuentro una persona narcisista, represento un blanco fácil si lo que esa persona busca es manifestar superioridad, asumir actitudes de condescendencia, mirarme desde arriba. Eso fue lo que sucedió con ese ‘amigo’ de nombre David, que me contrató para un empleo en la maquiladora electrónica a mediados de noviembre de 1997 y dos meses y medio más tarde me echó a la calle, enloquecido de furia por no haber conseguido demostrar una superioridad intelectual infinita. Al hacer esto, me propinó un golpe devastador y lo considero la persona que más daño me ha hecho en toda mi vida, excepto por mis padres.

El 24 de diciembre pasado, traté de hablar con una psicóloga de Guanajuato y ella no escuchó lo que yo tenía intención de decirle y argumentó que si antes no tuve un empleo fue porque no lo busqué, y que para ella fue difícil conseguir trabajo por contar con una licenciatura; para quien cuenta con bachillerato (refiriéndose a mí) es más sencillo conseguir trabajo. Así, esta señora me puso por debajo del piso, pues la verdad es que mi nivel intelectual es más alto que el de muchos profesionistas con licenciaturas terminadas, titulados e incluso con postgrados. La aberración que dijo esta vieja dio lugar a una discusión que derivó en un conflicto y ella acabó colgándome el teléfono, acusándome de estar violentándola.

Le dije a Celia que me había dado cuenta de que esa psicóloga, en primer lugar es una idiota, y en segundo lugar está más enferma que yo. En el diálogo que siguió le expuse a Celia la idea de que esa necesidad de muchas personas de colocarse en posiciones de superioridad proviene de una carencia y ella estuvo de acuerdo. Le dije además que estoy consciente de que mi cociente intelectual está arriba del promedio, y por supuesto tengo conciencia de que hay personas más inteligentes que yo, pero no abundan. Una de esas personas podría ser ella, y si ese fuera el caso yo no tendría ninguna dificultad para reconocerlo y aceptarlo.

Celia creyó en la sinceridad de mi discurso y la llamada terminó bien. Eran cerca de las diez de la noche y me dispuse a cenar.

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