lunes, 11 de febrero de 2019

El fin de semana pasado, domingo


Durante la noche del sábado al domingo dormí bastante y amanecí sintiéndome razonablemente bien, pero al mismo tiempo cansado y con sensación de sueño. Así transcurrieron muchas horas, en las que no hice gran cosa, lavé unas cuantas prendas de ropa en el lavadero y cerca de las dos de la tarde, tras tomar más café, subí a mi habitación y me preparé para una sesión de ejercicio en mi bicicleta de carreras. Inflé las llantas a la presión adecuada y pedaleé sobre rodillos bastante tiempo, mientras ‘recorría’ 20 km. Me sorprendió que habiéndome sentido tan cansado y con sueño, pudiera pedalear con un ritmo rápido y potente. Tenía duda sobre si salir o no a completar el ejercicio con un recorrido en un circuito cercano a mi casa, de 4000 m, una gran parte con pendientes fuertes y sintiéndome así, fuerte y lleno de energía, decidí hacerlo.

De hecho fue mi primera salida en cuatro semanas, pues el domingo 13 de enero había sufrido una caída fuerte que afortunadamente no me causó fracturas y quedó en raspones profundos y hematomas. Estrené mi casco de ciclismo (ahora de color rojo) porque el anterior quedó inservible por el impacto recibido y habiendo perdido peso (ahora estoy en 75 kg), es más fácil ir más rápido, lo que me proporciona un gran bienestar, una gran satisfacción.

No parezco estar cerca de cumplir 55 años, tanto por mi apariencia como por el nivel de energía y mi aptitud física. Este es uno de mis logros importantes, algo de lo que puedo sentirme orgulloso pues pese a mi historia de vida tan difícil, logré evitar el abuso de sustancias convirtiéndome en un deportista serio en el ya lejano año 1980, hace 38 años, un estilo de vida que mantuve y los frutos cosechados constituyen un fuerte asimiento a la vida.

A otras personas, esto podría parecerles una victoria pírrica, a mí no.

Horas antes había hablado por teléfono con otra psicóloga, una mujer joven, excelente, repitiendo mucho de lo que le dije a su compañera el día anterior, pero con un nivel de confianza aún mayor. Las conversaciones con buenas psicólogas son muy productivas, con un gran contenido y de ahí debo tomar notas porque es en esos momentos cuando aparece una gran comprensión sobre los problemas, o sobre los fenómenos más importantes de mi existencia. En inglés hay una palabra que define esto: insight.

Al mismo tiempo, sigue dominando mis pensamientos los conflictos que he tenido con individuos del sexo masculino (con enorme importancia por las consecuencias que estos han tenido) provocados por un antagonismo, rivalidad o competencia de la que yo no estaba consciente, con una fuerte carga de envidia.

Es un hecho que lo que he provocado una gran violencia contra mí no han sido mis grandes defectos, sino mis grandes cualidades. Mi padre me odió desde que yo era un niño que no tenía la edad para pisar el kínder, y eso nunca cambió. Una vez, cuando yo estaba saliendo de la adolescencia, ese mal individuo me miró con un odio no disimulado y exclamó ‘Rafael (el nombre con el que siempre se refirió a mí) va a estar gordo’, refiriéndose a mi futuro en la edad adulta. Cualquier padre se habría sentido orgulloso de tener un hijo con un aspecto varonil, deportista, que reflejara un estilo de vida saludable; pero este no sería el caso con mi padre.

Platicando con mi madre, le he expresado la idea de que si yo hubiera sido un mamarracho, obeso, ignorante, de mal aspecto y peores modales, propenso a abusar del alcohol, tal vez mi relación con mi padre no habría sido tan terrible, incluso podría haber sido muy satisfactoria, pues un pendejo de ese tamaño no le habría despertado una furia tan intensa, mucho menos un odio homicida.

Otro conflicto con consecuencias devastadoras se dio con mi ‘amigo’ David, que hace 21 años (en noviembre de 1997) me dio el primer empleo de mi vida para despojarme de él dos meses y medio más tarde, porque careciendo de experiencia laboral y habiendo fallado en la universidad en dos ocasiones (en otras palabras, pareciendo el prototipo de un perfecto fracasado), resulté ser excelente en mi trabajo y quienes me rodeaban se dieron cuenta de que mis capacidades intelectuales eran poco comunes. El verdadero problema fue que David se diera cuenta de esto y de que él no era infinitamente superior a mí, lo que le despertó una furia homicida y lo motivó para propinar una puñalada por la espalda y arruinar a otro ser humano.

Ha sucedido lo mismo con personajes de menor importancia, pero ha sido una constante a lo largo de toda mi vida (por lo menos como adulto) que he sido objeto de ataques injustificados por mis buenas características, más que por las malas.

Esto me lleva a darme cuenta de que si bien mi situación laboral no es buena (porque he recibido un trato que no merezco), al mismo tiempo, se me ha considerado un empleado valioso, de hecho excelente por la calidad de mi trabajo, la rapidez con la que lo hago, mi productividad, mi disciplina, puntualidad y asistencia, etc., lo que debería ayudarme a apreciar este hecho y restarle importancia al lado negativo, a lo que sucedió a partir de junio de 2017 en que regresé de una incapacidad de seis semanas (por una fractura de clavícula, por una caída en bicicleta) y el deterioro de esa situación durante los últimos meses de 2018.

Es necesario hacer análisis más racionales y menos emotivos.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Centro de Intervención en Crisis, SALME

  Un poco antes del amanecer del miércoles 17 de enero, volví a marcar el número de teléfono del Centro de Intervención en Crisis de SALME (...