miércoles, 27 de febrero de 2019

El trabajo del día, tiempo de descanso y regresar a la oficina


Tomé mi tiempo de descanso y en lugar de leer mi libro de TLP me metí a la red del pajarito, misma que encuentro más vacía que de costumbre. Le eché un ojo a Laura en mi WhatsApp, que indicaba que se había conectado por última vez a unos minutos después de las 17:00 horas. Transcurrió el tiempo y dormité en una cómoda silla reclinable, desperté y volví a revisar mi cuenta de Twitter, encontrándola aburrida y repleta de tonterías. Mi incapacidad para ocuparme de perseguir mis objetivos parece ser parte de mi patología, sentirme permanentemente aburrido y vacío, sin interés en nada.

Pasé la mañana traduciendo un artículo médico, lo cual fue afortunado pues es una actividad interesante, sobre todo si la comparamos con el trabajo que hago cotidianamente, repetitivo y tedioso hasta el extremo. Logré terminarlo antes de salir a mi hora de descanso, lo cual constituye otro logro de esos que consigo con mucha frecuencia y que ha dado como resultado que se me considere un empleado con muy buenas características. Por esa razón he llegado a sentir tanta frustración y desprecio hacia un par de empleados de la empresa en la que trabajo, el director de RH y su subalterno el médico, que han optado por considerarme un problema por ser un paciente psiquiátrico.

Pero contemplando esta situación de una manera más objetiva, la postura de gente como esa, de ‘hombres’ cobardes cuya naturaleza es fielmente representada por su apariencia, no merece mucha atención. Basta con considerarlos individuos despreciables, que por lo demás no gozan del aprecio de nadie y en cambio viven padeciendo el dolor cotidiano de saberse fracasos errantes, condenados a una vida de frustración y ausencia de logros, catalogados como objetos animados que con el paso del tiempo envejecen, enferman y fallecen dejando un hedor a descomposición, a pobreza autoinfligida.

Pensé también en Laura y en lo mucho que la extraño, en el recuerdo de haber contemplado un buen número de imágenes en las que aparece mirando a la cámara mostrando una gran sonrisa, proyectando bienestar y felicidad y en esos momentos no tengo duda de que se trata de la mujer más hermosa del mundo. Imagino que ella y yo nos encontramos en un espacio cerrado, aislado del resto del mundo, tratando el tema que a ella le preocupa, la frustración que siento y que le haya dicho al mundo que la amo…

Al regresar de mi tiempo de descanso hay poca gente en la oficina, pero esta vez he tenido cerca de mí durante muchos minutos a compañeros  a los que detesto, como el baboso con puesto de jefatura que tiene una anatomía con un índice de masa corporal bastante alto, nula virilidad, aspecto de rata emasculada y una tendencia a enconcharse como un reptil metido en una llanta. Lo peor del caso es que lo tengo a mis espaldas. El pedazo de pendejo entabló un diálogo con su jefa en el que leyó en voz alta un texto que encontró en su computadora personal, como si no pudiera mostrárselo a ella para que lo leyera. Ello me motivó a activar mi reproductor mp3 para escuchar algún audio, lo que fuera con tal de no escuchar el parloteo incesante de este pedazo de porquería. Al despedirse dijo que traía su maleta de gimnasio porque no se había parado en ese lugar en no sé cuántos días. Para cambiar su aspecto repulsivo necesitaría volver a nacer.

No puedo saber si Laura piensa en mí, si algo le preocupa, si algo le inquieta, si siente afecto por mí o me tiene miedo o espera que en algún momento haga el intento de volver a aparecer en su vida. Al pensar en lo mucho que la quiero, de pronto cobro conciencia de que por lo que ella hizo, a mí se me considera un paciente peligroso en una institución pública de salud mental (algo que tampoco debería inquietarme más de la cuenta) mientras que la psicóloga inmoral y delincuente que atentó contra mí, tiene su expediente limpio porque Laura faltó a la verdad y le obsequió impunidad.

Amo a Laura, pero también siento furia contra ella. Creo que ya había expresado antes esa idea.


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