martes, 5 de febrero de 2019

Ese psiquiatra de nombre Flavio, una de las personas más dañinas que he conocido en mi vida


Ese psiquiatra Flavio, que me atendió entre mediados de 1995 y mediados de 2006, en un periodo (discontinuo) de once años, fue el más dañino de los tres que tuve durante mi juventud y mi llegada al inicio de la edad madura.

Recuerdo que una vez en consulta, hablando del tema de la depresión (que según él era mi dolencia), se refirió a un enfermo imaginario haciendo una analogía con una persona que nació con una pierna más corta que la otra. Dijo “no va a poder correr, si acaso caminar”. Esa pequeñez le atribuye este médico psiquiatra al ser humano.

Haciendo uso de su ejemplo hipotético, han existido hombres con grandes hándicaps que han hecho mucho con sus vidas, mucho más que muchos hombres sin anomalías evidentes; más aún, algunas personas han sufrido pérdidas físicas (por ejemplo, han quedado mutiladas o inválidas) y han hecho acopio de valor y determinación para sobreponerse y ser mejores incluso de lo que fueron antes del evento catastrófico que les cambió la vida.

La actitud de este médico de nombre Flavio podría resumirse como: ‘es lo que le tocó a este paciente’.

Durante el año 2000, cuando yo era su paciente y vivía solo, desempleado, sin ningún contacto con ninguna persona de mi familia excepto mi terrible padre (de quien dependía), este médico me dio un tratamiento consistente en paroxetina, carbamazepina y otro medicamento (debió ser un antipsicótico) cuyo nombre no recuerdo. Este señor no me dijo cuáles eran las funciones de cada medicamento, pero viéndolo en retrospectiva, me doy cuenta que era el tratamiento para mi trastorno límite de la personalidad, el cual identificó, sin informármelo. Unos meses más tarde decidí suspender la medicación porque creí que la carbamazepina me había dañado la tiroides. Había perdido mucho peso (andaba muy abajo de los 70 kg, con 1.8 m de estatura) y él estuvo de acuerdo, o tal vez sería más correcto decir que mostró una indiferencia absoluta.

Este señor continuaría siendo mi psiquiatra otros seis años, tiempo durante el cual me prescribió solamente un fármaco para poder conciliar el sueño. Mis crisis ocasionales eran terriblemente dolorosas y los que debieron ser años de productividad fueron todo lo contrario, una época de un sufrimiento estéril, estancado en una vida sin rumbo, viviendo sin trabajar tratando de ignorar este hecho, esperando que algún evento fortuito me ayudara a resolver este problema gigantesco, cayendo poco a poco en una condición de vida de desesperanza y un dolor que anestesiaba con un exceso de actividad física. Durante esos años tuve una compañera (entre 1996 y 2003) y eso me ayudó a sobrellevar mi realidad brutal.

En referencia a la actitud de Flavio Miramontes Montoya “es lo que le tocó a este paciente”, me permito hacer la siguiente analogía:

Un médico en emergencias recibe a un paciente con una hemorragia muy abundante que es necesario detener inmediatamente para salvarle la vida. El médico se queda mirando a la persona que recibió un impacto de bala, o una herida de arma blanca, o se lesionó de alguna manera, sangrando profusamente, optando por no hacer nada. ¿Por qué? Porque eso es lo que le tocó, fue agredido por un delincuente o sufrió un accidente y siendo lo que le tocó, su vida se acaba.

En 1995 yo tenía 31 años y recuerdo ese año como el peor de toda mi existencia, el más difícil; en 2006, yo tenía 42, acababa de morir mi hermana menor y yo comenzaba a cobrar conciencia de que había perdido la voluntad de vivir, por segunda vez. Flavio Miramontes Montoya me citó en la institución pública donde trabaja (yo ya no podía pagar su consulta particular) para decirme que yo ya no tenía familia, que él no iba a volver a llamar por teléfono a mi padre para informarle que yo estaba muy enfermo, y que yo no quería trabajar. Esto último, habiendo sido testigo de lo que me hizo mi ‘amigo’ David ocho años antes, al despojarme de mi empleo en la maquiladora electrónica y los esfuerzos que hice por volver a trabajar, ingresando en otra maquiladora de ese mismo ramo como operador, trabajando larguísimas jornadas durante un periodo de pesadilla que duró siete meses (entre diciembre de 2003 y julio de 2004), haciendo incluso trabajo de traducción pagado como tiempo extra de operador (eufemismo de la palabra obrero); un esfuerzo enorme que no me reportó ningún beneficio.

Este señor sabía que yo padecía el trastorno límite de la personalidad, una patología muy grave una de cuyas características es que quien la padece viva sin trabajar. El ataque verbal (indirecto) fue de una virulencia y una cobardía inaudita, una verdadera infamia.

He vivido guardando un gran resentimiento contra este individuo miserable, mismo que se intensificó en diciembre pasado cuando hablando con una psicóloga vía telefónica ella me dijo “es bueno que trabaje” cuando le informé que no podía asistir a terapia entre semana por el empleo que desempeño. Fue entonces cuando comprendí la gravedad de mi patología y lo mucho que me ha afectado, casi arruinando mi vida.

Había sido agredido por varios (no pocos) profesionales de la salud mental, psiquiatras y psicólogos, pero ningún ataque tuvo la malicia del que tuvo el embate de este mal individuo, un indigente moral que manifiesta su pobreza y su cobardía de la manera más flagrante. Un ejemplo de un profesional de la salud mental con carencias gigantescas como ser humano.

Lo correcto sería sentir lástima por él.

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