Ese psiquiatra Flavio, que me atendió entre mediados de 1995
y mediados de 2006, en un periodo (discontinuo) de once años, fue el más dañino
de los tres que tuve durante mi juventud y mi llegada al inicio de la edad
madura.
Recuerdo que una vez en consulta, hablando del tema de la
depresión (que según él era mi dolencia), se refirió a un enfermo imaginario
haciendo una analogía con una persona que nació con una pierna más corta que la
otra. Dijo “no va a poder correr, si acaso caminar”. Esa pequeñez le atribuye
este médico psiquiatra al ser humano.
Haciendo uso de su ejemplo hipotético, han existido hombres
con grandes hándicaps que han hecho mucho con sus vidas, mucho más que muchos
hombres sin anomalías evidentes; más aún, algunas personas han sufrido pérdidas
físicas (por ejemplo, han quedado mutiladas o inválidas) y han hecho acopio de
valor y determinación para sobreponerse y ser mejores incluso de lo que fueron
antes del evento catastrófico que les cambió la vida.
La actitud de este médico de nombre Flavio podría resumirse
como: ‘es lo que le tocó a este paciente’.
Durante el año 2000, cuando yo era su paciente y vivía solo,
desempleado, sin ningún contacto con ninguna persona de mi familia excepto mi
terrible padre (de quien dependía), este médico me dio un tratamiento
consistente en paroxetina, carbamazepina y otro medicamento (debió ser un antipsicótico)
cuyo nombre no recuerdo. Este señor no me dijo cuáles eran las funciones de
cada medicamento, pero viéndolo en retrospectiva, me doy cuenta que era el
tratamiento para mi trastorno límite de la personalidad, el cual identificó,
sin informármelo. Unos meses más tarde decidí suspender la medicación porque
creí que la carbamazepina me había dañado la tiroides. Había perdido mucho peso
(andaba muy abajo de los 70 kg, con 1.8 m de estatura) y él estuvo de acuerdo,
o tal vez sería más correcto decir que mostró una indiferencia absoluta.
Este señor continuaría siendo mi psiquiatra otros seis años,
tiempo durante el cual me prescribió solamente un fármaco para poder conciliar
el sueño. Mis crisis ocasionales eran terriblemente dolorosas y los que
debieron ser años de productividad fueron todo lo contrario, una época de un
sufrimiento estéril, estancado en una vida sin rumbo, viviendo sin trabajar
tratando de ignorar este hecho, esperando que algún evento fortuito me ayudara
a resolver este problema gigantesco, cayendo poco a poco en una condición de
vida de desesperanza y un dolor que anestesiaba con un exceso de actividad
física. Durante esos años tuve una compañera (entre 1996 y 2003) y eso me ayudó
a sobrellevar mi realidad brutal.
En referencia a la actitud de Flavio Miramontes Montoya “es
lo que le tocó a este paciente”, me permito hacer la siguiente analogía:
Un médico en emergencias recibe a un paciente con una
hemorragia muy abundante que es necesario detener inmediatamente para salvarle
la vida. El médico se queda mirando a la persona que recibió un impacto de
bala, o una herida de arma blanca, o se lesionó de alguna manera, sangrando
profusamente, optando por no hacer nada. ¿Por qué? Porque eso es lo que le
tocó, fue agredido por un delincuente o sufrió un accidente y siendo lo que le
tocó, su vida se acaba.
En 1995 yo tenía 31 años y recuerdo ese año como el peor de
toda mi existencia, el más difícil; en 2006, yo tenía 42, acababa de morir mi
hermana menor y yo comenzaba a cobrar conciencia de que había perdido la
voluntad de vivir, por segunda vez. Flavio Miramontes Montoya me citó en la
institución pública donde trabaja (yo ya no podía pagar su consulta particular)
para decirme que yo ya no tenía familia, que él no iba a volver a llamar por
teléfono a mi padre para informarle que yo estaba muy enfermo, y que yo no
quería trabajar. Esto último, habiendo sido testigo de lo que me hizo mi ‘amigo’
David ocho años antes, al despojarme de mi empleo en la maquiladora electrónica
y los esfuerzos que hice por volver a trabajar, ingresando en otra maquiladora
de ese mismo ramo como operador, trabajando larguísimas jornadas durante un
periodo de pesadilla que duró siete meses (entre diciembre de 2003 y julio de
2004), haciendo incluso trabajo de traducción pagado como tiempo extra de
operador (eufemismo de la palabra obrero); un esfuerzo enorme que no me reportó
ningún beneficio.
Este señor sabía que yo padecía el trastorno límite de la
personalidad, una patología muy grave una de cuyas características es que quien
la padece viva sin trabajar. El ataque verbal (indirecto) fue de una virulencia
y una cobardía inaudita, una verdadera infamia.
He vivido guardando un gran resentimiento contra este
individuo miserable, mismo que se intensificó en diciembre pasado cuando
hablando con una psicóloga vía telefónica ella me dijo “es bueno que trabaje”
cuando le informé que no podía asistir a terapia entre semana por el empleo que
desempeño. Fue entonces cuando comprendí la gravedad de mi patología y lo mucho
que me ha afectado, casi arruinando mi vida.
Había sido agredido por varios (no pocos) profesionales de
la salud mental, psiquiatras y psicólogos, pero ningún ataque tuvo la malicia
del que tuvo el embate de este mal individuo, un indigente moral que manifiesta
su pobreza y su cobardía de la manera más flagrante. Un ejemplo de un
profesional de la salud mental con carencias gigantescas como ser humano.
Lo correcto sería sentir lástima por él.
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