El turno dura muchas horas, nueve, las cuales transcurren en
medio de una actividad monótona, lo que hace del día laboral un evento difícil.
Mi trabajo me da estabilidad económica, pero no mucho dinero. Parezco estar
cansado de vivir, sin contar con la energía para trazarme un proyecto a seguir
con intención de desarrollar el potencial que tengo (cualquiera que este sea) y
por lo menos intentar vivir en plenitud.
El fin de semana pasado volví a hablar con una excelente
psicóloga que había estado ausente los últimos dos meses por no tener contrato
en su lugar de trabajo, por medio de una entidad ajena que en los últimos años
ha sido implementada correctamente dando buenos resultados. Encontrar a esta
dama en la línea resultó una agradable sorpresa, pues casi tenía la seguridad
de que ya no le sería posible regresar.
Entre varios temas que traté con ella le hablé de la fecha 2
de febrero de 1998, lunes, en que renuncié a mi empleo en esa maquiladora del
ramo electrónico a la que había ingresado un 17 de noviembre de 1997, durando
apenas dos meses y medio. Le comenté a mi terapeuta que hace muchos años
(siendo un adolescente) leí la serie de libros de Maurice Druon “Los reyes
malditos”, que inicia con “El rey de hierro”, el fin del reinado de Felipe IV
de Francia en el siglo XIV, que al quemar en la hoguera a los líderes de los
Caballeros Templarios es maldecido por su gran maestre, condenándolo a él (al
rey), al papa Bonifacio VIII y al tesorero del reino, Guillermo de Nogaret a
morir antes de un año, lo cual sucede y la maldición se extiende a los hijos de
Felipe IV, el mayor de los cuales es Luis X.
En el tercero de los siete libros de esta serie, Los venenos
de la corona, aparece un personaje originario de Italia de nombre Guccio
Beglioni, que conoce a una hermosa joven francesa, María de Cressay,
perteneciente a la nobleza, pero caída (con su familia) en desgracia. Al cabo
de un tiempo se casan en secreto y en un momento dado el autor nos dice:
“algunas personas no querrían vivir si supieran lo que les tiene deparado el
destino”, dando a entender que Guccio y María no tenían idea de que jamás
volverían a verse. Esta es una historia trágica.
Al hablar con esta psicóloga le dije que aquel lunes 2 de
febrero de 1998, de haber sabido lo que me deparaba el futuro, no habría
querido vivir. Mi ‘amigo’ David me asestó una puñalada por la espalda, un golpe
terrible del que sin embargo podría haberme recuperado al cabo de unos meses,
de no haber sido por la reacción de mi familia unos meses más tarde en que se
aseguraron de que los efectos de la infamia cometida por este individuo infame
fueran definitivos y cayera en la más absoluta desesperación, lo que al cabo de
ocho años (2006, unas semanas después de la muerte de Verónica, mi hermana
menor) me llevara a cobrar conciencia de
que había vuelto a perder la voluntad de vivir.
Mi juventud terminó hace tiempo y me siento cansado y sin
energía, deprimido, viviendo con mucha frecuencia los terribles síntomas de mi
trastorno límite de la personalidad, en una soledad que me duele, en un estado
de aburrimiento perpetuo, dominado por un enojo con la vida que tal vez se
manifiesta para sustituir a la tristeza, el sentimiento más doloroso que
conozco.
Hace algunas semanas se me ocurrió que buscar un taller de
escritura creativa podría ser una buena medida para salir de mi estado
depresivo. Esto tendría varias funciones útiles, la primera darle cauce a mi
gusto por la escritura, rumbo; la segunda, conocer otras personas con intereses
afines, con las que pudiera entablar relaciones de amistad y tal vez de pareja;
y finalmente mediante la composición, podría transformar en energía positiva la
frustración y el resentimiento que tengo contra la vida, lo que podría
convertirse en una terapia.
Valdrá la pena intentarlo.
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