jueves, 14 de febrero de 2019

Experiencias dolorosas, en relación con la entrada anterior


La entrada anterior me trae recuerdos muy amargos, sobre todo porque tienen que ver con la incomprensión de personas muy cercanas a mí respecto a mi comportamiento (en el mejor de los casos), o a una tremenda crueldad o indiferencia.

En octubre de 2004 volví a quedarme solo porque mi hermana Yolanda vino a recoger a mi madre para que viviera con ella en otra ciudad (lo cual no fue del todo malo, yo tenía 40 años y era positivo que asumiera un cierto grado de independencia), pero en septiembre de 2005 perdí mi empleo (fui despedido) y casi inmediatamente comencé a vivir con hambre, literalmente.

Tener hambre, carecer de alimento y dinero para comprarlo, representó una de las causas de mayor sufrimiento psíquico, pues era un hecho que yo no merecía vivir así, porque durante muchos años me esforcé para convertirme en una persona productiva, útil a la sociedad, autosuficiente con la capacidad de llevar una vida digna. Yo ignoraba que padecía una patología muy grave y que ser incapaz de trabajar es una de sus manifestaciones más frecuentes, y más devastadoras.

En momentos de crisis desencadenadas por hambre (que además crecía muy aceleradamente como resultado de vivir con un muy alto grado de ansiedad), me comuniqué con mis familiares y recibí respuestas terribles cuando les dije que iba a quitarme la vida. Por ejemplo, mi madre me dijo “si vas a hacer eso, yo no puedo hacer nada para impedirlo”. Cuando mi padre se enteró (esto en el año 2005), me llamó a mi celular para convencerme de que fuera a reunirme con él, esto con intención de proponerme que convenciera a mi madre de que le cediéramos la casa, lo único que no le había quitado. Me veía como un predador ve a a una presa que se encuentra mal herida, cuando es más vulnerable y fácil de matar. Será fácil entender por qué no he dejado de odiar a este hijo de puta, pese a que ya pasaron más de once años de que murió.

De mis hermanas prefiero no decir nada, pero se me viene a la mente el médico psiquiatra más dañino que me atendió, Flavio, que en mis momentos más terribles, en el año 2006, cuando mi hermana Verónica acababa de morir, me citó en el hospital donde trabaja (una institución pública) para agredirme verbalmente de la manera más artera y cobarde, exorcizando sus demonios, el motivo de su sufrimiento, su aspecto tan precario por su indigenismo notorio, por su corta estatura, por su físico de masacote cuya única característica masculina eran sus genitales, y sus complejos de inferioridad derivados de todo ello.

En fecha mucho más reciente, el esposo de mi hermana Yolanda, un vividor remedo de padrote que encontró una mujer lo bastante enferma como para mantener a su cónyuge, escribió en su cuenta de Twitter que yo soy una persona tóxica, que manipulo y me hago la víctima, y terminó llamándome ‘cagada emocional’. A ese grado se ha manifestado la violencia en mi contra, para que un lacra (que además no niega la cruz de su parroquia) tenga el atrevimiento de cometer tales vilezas con el conocimiento de una persona que sucede que es mi hermana.

Mi trastorno límite de la personalidad (TLP) no nada más constituye una forma de vida muy dolorosa, sino que también es generador de violencia, saca en muchas personas lo más bajo de su naturaleza, su vileza, su capacidad para la infamia y para pegarle al caído.

Esta es solamente una de las facetas de lo que es la vida de un paciente psiquiátrico, de un enfermo mental.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Centro de Intervención en Crisis, SALME

  Un poco antes del amanecer del miércoles 17 de enero, volví a marcar el número de teléfono del Centro de Intervención en Crisis de SALME (...