La entrada anterior me trae recuerdos muy amargos, sobre
todo porque tienen que ver con la incomprensión de personas muy cercanas a mí
respecto a mi comportamiento (en el mejor de los casos), o a una tremenda
crueldad o indiferencia.
En octubre de 2004 volví a quedarme solo porque mi hermana
Yolanda vino a recoger a mi madre para que viviera con ella en otra ciudad (lo
cual no fue del todo malo, yo tenía 40 años y era positivo que asumiera un
cierto grado de independencia), pero en septiembre de 2005 perdí mi empleo (fui
despedido) y casi inmediatamente comencé a vivir con hambre, literalmente.
Tener hambre, carecer de alimento y dinero para comprarlo,
representó una de las causas de mayor sufrimiento psíquico, pues era un hecho
que yo no merecía vivir así, porque durante muchos años me esforcé para
convertirme en una persona productiva, útil a la sociedad, autosuficiente con
la capacidad de llevar una vida digna. Yo ignoraba que padecía una patología
muy grave y que ser incapaz de trabajar es una de sus manifestaciones más
frecuentes, y más devastadoras.
En momentos de crisis desencadenadas por hambre (que además
crecía muy aceleradamente como resultado de vivir con un muy alto grado de
ansiedad), me comuniqué con mis familiares y recibí respuestas terribles cuando
les dije que iba a quitarme la vida. Por ejemplo, mi madre me dijo “si vas a
hacer eso, yo no puedo hacer nada para impedirlo”. Cuando mi padre se enteró
(esto en el año 2005), me llamó a mi celular para convencerme de que fuera a
reunirme con él, esto con intención de proponerme que convenciera a mi madre de
que le cediéramos la casa, lo único que no le había quitado. Me veía como un
predador ve a a una presa que se encuentra mal herida, cuando es más vulnerable
y fácil de matar. Será fácil entender por qué no he dejado de odiar a este hijo
de puta, pese a que ya pasaron más de once años de que murió.
De mis hermanas prefiero no decir nada, pero se me viene a
la mente el médico psiquiatra más dañino que me atendió, Flavio, que en mis
momentos más terribles, en el año 2006, cuando mi hermana Verónica acababa de
morir, me citó en el hospital donde trabaja (una institución pública) para
agredirme verbalmente de la manera más artera y cobarde, exorcizando sus
demonios, el motivo de su sufrimiento, su aspecto tan precario por su indigenismo
notorio, por su corta estatura, por su físico de masacote cuya única
característica masculina eran sus genitales, y sus complejos de inferioridad
derivados de todo ello.
En fecha mucho más reciente, el esposo de mi hermana
Yolanda, un vividor remedo de padrote que encontró una mujer lo bastante
enferma como para mantener a su cónyuge, escribió en su cuenta de Twitter que
yo soy una persona tóxica, que manipulo y me hago la víctima, y terminó
llamándome ‘cagada emocional’. A ese grado se ha manifestado la violencia en mi
contra, para que un lacra (que además no niega la cruz de su parroquia) tenga
el atrevimiento de cometer tales vilezas con el conocimiento de una persona que
sucede que es mi hermana.
Mi trastorno límite de la personalidad (TLP) no nada más
constituye una forma de vida muy dolorosa, sino que también es generador de
violencia, saca en muchas personas lo más bajo de su naturaleza, su vileza, su
capacidad para la infamia y para pegarle al caído.
Esta es solamente una de las facetas de lo que es la vida de
un paciente psiquiátrico, de un enfermo mental.
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