viernes, 8 de febrero de 2019

Guía de supervivencia al trastorno límite de la personalidad, libro adquirido en amazon.com


Compré en amazon.com el libro “The Borderline Personality Disorder Survival Guide” de Alexander L. Chapman y Kim L Gratz, ambos autores con grado académico de doctor (Ph.D). Comencé a leerlo en el capítulo 3, cuyo título plantea la pregunta ¿qué da lugar al trastorno límite de la personalidad?

Se mencionan variables fisiológicas, como el sistema límbico y la corteza prefrontal,  y el eje hipotálamo – pituitaria – suprarrenal. Un poco más adelante (y parece mucho más importante) se habla del ambiente, de los eventos adversos en nuestras vidas, entre ellos un ambiente invalidante y problemas de vinculación.

Respecto a lo primero, el ambiente invalidante, puedo decir que crecí en uno de esos, principalmente porque mi padre consideraba que yo no contaba con una justificación para mi tendencia a enojarme fácilmente. Él sí era muy violento y tenía un carácter muy explosivo, lo cual atribuía a una vida llena de adversidad y tragedia, injusticia, maltrato, incomprensión, carencia de amor, etc. Con esto se refería a que su madre murió cuando él iba llegando a la pubertad y su padre fue un hombre abusivo y sádico. Es un hecho que mi padre padeció abuso físico, no sé si también emocional y la muerte de su madre le afectó seriamente, pero a mi parecer, usó esta pérdida para manipular prácticamente a todas las personas con las que se relacionó el resto de su vida.

Como decía antes, según mi padre, mi vida había sido inmensamente feliz y mi único problema era la ausencia de dificultades, pues la adversidad es formativa. Si yo no sufría, jamás iba a apreciar mi buena fortuna y crecería pensando que merecía todo, nada más por el hecho de tratarse de mí (en otras palabras, padecería un narcisismo exacerbado).

Todo lo anterior constituye un cúmulo de sandeces, pues mi padre comenzó a demostrarme su desdén y su desprecio desde que yo tenía unos tres años, según lo recuerdo. En una ocasión, viviendo en una ciudad en el norte del país (donde nací con dos de mis tres hermanas), nos dieron avena para desayunar, lo cual me agradó. Al terminar mi ración, pedí un poco más y la trabajadora doméstica se equivocó y me sirvió en el plato que había usado mi hermana Mónica. Yo me dirigí a mi padre y se lo informé, él muy enojado me respondió preguntándome cuál era el problema, si mi hermana tenía hidrofobia (usó la palabra “rabia”) o qué. Este señor pasó por alto que el uso de todo tipo de utensilios debe ser individual y una persona no debe compartirlos con otra. Esta es una medida básica de higiene. Al recurrir a mi padre para expresarle algo absolutamente correcto, él reaccionó con furia, algo que sería una constante a lo largo de todos mis años de vida en que me vi en la necesidad de tener algún tipo de contacto con él.

Mi padre veía en mí a su progenitor, al que odiaba y consideraba responsable de la muerte prematura de su madre, mi abuela paterna a la que por supuesto yo nunca conocí. Que mi padre proyectara en mí la imagen que tenía del suyo me convertiría en su receptáculo de odio, el cual era despertado simplemente por el hecho de que existiera, de que respirara, parpadeara, y cada cosa que yo hacía o decía era recibida con desaprobación y se me juzgaba como si fuera un adulto ya en la edad madura, que debía haber aprendido mucho de la vida con base en su edad cronológica. El problema se complicaba porque yo tenía problemas de aprendizaje (me enteraría en el año 2011, a dos meses de cumplir 47 años que padezco TDAH) y eso redundaba en un pésimo desempeño escolar y por la violencia en que vivía, mala conducta en la escuela y en todas partes.

De una manera que parecía natural e inevitable, me convertí en un paria dentro de mi familia, el motivo de vergüenza para todos, una persona digna de desprecio.

Eso nunca cambió. 

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