Compré en amazon.com el libro “The Borderline Personality
Disorder Survival Guide” de Alexander L. Chapman y Kim L Gratz, ambos autores
con grado académico de doctor (Ph.D). Comencé a leerlo en el capítulo 3, cuyo
título plantea la pregunta ¿qué da lugar al trastorno límite de la
personalidad?
Se mencionan variables fisiológicas, como el sistema límbico
y la corteza prefrontal, y el eje
hipotálamo – pituitaria – suprarrenal. Un poco más adelante (y parece mucho más
importante) se habla del ambiente, de los eventos adversos en nuestras vidas,
entre ellos un ambiente invalidante y problemas de vinculación.
Respecto a lo primero, el ambiente invalidante, puedo decir
que crecí en uno de esos, principalmente porque mi padre consideraba que yo no
contaba con una justificación para mi tendencia a enojarme fácilmente. Él sí
era muy violento y tenía un carácter muy explosivo, lo cual atribuía a una vida
llena de adversidad y tragedia, injusticia, maltrato, incomprensión, carencia
de amor, etc. Con esto se refería a que su madre murió cuando él iba llegando a
la pubertad y su padre fue un hombre abusivo y sádico. Es un hecho que mi padre
padeció abuso físico, no sé si también emocional y la muerte de su madre le
afectó seriamente, pero a mi parecer, usó esta pérdida para manipular prácticamente
a todas las personas con las que se relacionó el resto de su vida.
Como decía antes, según mi padre, mi vida había sido
inmensamente feliz y mi único problema era la ausencia de dificultades, pues la
adversidad es formativa. Si yo no sufría, jamás iba a apreciar mi buena fortuna
y crecería pensando que merecía todo, nada más por el hecho de tratarse de mí
(en otras palabras, padecería un narcisismo exacerbado).
Todo lo anterior constituye un cúmulo de sandeces, pues mi
padre comenzó a demostrarme su desdén y su desprecio desde que yo tenía unos
tres años, según lo recuerdo. En una ocasión, viviendo en una ciudad en el
norte del país (donde nací con dos de mis tres hermanas), nos dieron avena para
desayunar, lo cual me agradó. Al terminar mi ración, pedí un poco más y la
trabajadora doméstica se equivocó y me sirvió en el plato que había usado mi
hermana Mónica. Yo me dirigí a mi padre y se lo informé, él muy enojado me
respondió preguntándome cuál era el problema, si mi hermana tenía hidrofobia
(usó la palabra “rabia”) o qué. Este señor pasó por alto que el uso de todo
tipo de utensilios debe ser individual y una persona no debe compartirlos con
otra. Esta es una medida básica de higiene. Al recurrir a mi padre para
expresarle algo absolutamente correcto, él reaccionó con furia, algo que sería
una constante a lo largo de todos mis años de vida en que me vi en la necesidad
de tener algún tipo de contacto con él.
Mi padre veía en mí a su progenitor, al que odiaba y
consideraba responsable de la muerte prematura de su madre, mi abuela paterna a
la que por supuesto yo nunca conocí. Que mi padre proyectara en mí la imagen
que tenía del suyo me convertiría en su receptáculo de odio, el cual era
despertado simplemente por el hecho de que existiera, de que respirara,
parpadeara, y cada cosa que yo hacía o decía era recibida con desaprobación y
se me juzgaba como si fuera un adulto ya en la edad madura, que debía haber
aprendido mucho de la vida con base en su edad cronológica. El problema se
complicaba porque yo tenía problemas de aprendizaje (me enteraría en el año
2011, a dos meses de cumplir 47 años que padezco TDAH) y eso redundaba en un
pésimo desempeño escolar y por la violencia en que vivía, mala conducta en la
escuela y en todas partes.
De una manera que parecía natural e inevitable, me convertí
en un paria dentro de mi familia, el motivo de vergüenza para todos, una
persona digna de desprecio.
Eso nunca cambió.

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