Jueves, penúltimo día de la semana laboral, día en que toca
hablar con Celia, vía telefónica. Esta dama es una psicóloga con especialidad
en psicoanálisis, una mujer a todas luces muy inteligente, que sabe escuchar y
sus respuestas o su retroalimentación arrojan luz en la penumbra que
caracteriza mis trenes de pensamiento. He pensado que debo hablarle sobre la
lectura de mi libro de TLP (Borderline Personality Disorder, Survival Guide),
pero la verdad no encuentro mucho material que parezca relevante, salvo el
hecho de que quienes padecemos ese trastorno vivimos nuestras emociones con más
intensidad que el resto de las personas, y que vivir en un ambiente invalidante
da lugar a esa patología.
Recuerdo aquella etapa de mi adolescencia, pasados los 14
años en que llegamos a la ciudad donde he vivido los últimos 40 años de mi
vida. Teníamos por costumbre ir a una propiedad que mi padre tenía en un estado
vecino, donde había un par de fincas, una de las cuales usábamos para pernoctar
y pasar el día. Una mañana, al llegar al área de cocina, mi familia hablaba de
algún asunto que tenía que ver con mi hermana Yolanda. Como sería de esperar,
pregunté de qué se trataba y el cerdo abusivo e imbécil que tuve de padre
respondió ‘is not your bussiness’, dando a entender que debía evitar meterme en
donde no me llaman.
Además de la agresión que constituía una respuesta de este
tipo, era una manifestación de estupidez, pues si yo estaba presente era
natural que quisiera participar en la conversación, o por lo menos enterarme
del tema del que se hablaba. Una de las principales razones del resentimiento
contra mi madre, que no he sido capaz de superar es ese comportamiento suyo en
que hallándose presente, al presenciar la violencia que mi padre me propinaba
no se daba por enterada, algo que a mí me parece incomprensible
independientemente de sus propios problemas derivados de sus experiencias con
su familia de origen.
He tenido en mente que habiendo nacido con un daño
neurológico que se manifestó como TDAH, además de que casi no veo con el ojo
izquierdo y tengo rasgos Asperger, mi infancia fue una época de confusión casi
absoluta pues mi padre era un individuo muy enfermo (algo no muy evidente
porque parecía ser funcional, trabajaba y laboralmente logró mucho). Vivía
obsesionado por la injusticia social, por el hecho de que existieran tantos
niños viviendo en la pobreza, que no tenían el alimento diario asegurado y
muchas veces incluso carecían de un techo mientras que yo (en su mente enferma)
vivía como el Príncipe de Gales, disfrutando de todo aquello que el dinero
pudiera comprar, con un ejército de sirvientes a mi servicio listos en todo
momento a satisfacer el capricho que se me ocurriera.
Ese cerdo depravado e imbécil me hizo responsable de todo lo
que estaba mal en su vida, y con el paso del tiempo me hizo responsable de todo
lo que estaba mal en el mundo.
En 1975, siendo yo un niño que cursaba el quinto año de
primaria, llegué a casa con un reporte de bajo aprovechamiento escolar.
Vivíamos en el ‘pent house’ de un edificio que ocupaba un banco de crédito
rural del que mi padre era gerente. Mis padres y yo nos encontrábamos en el
dormitorio de ellos, con mi padre sentado en la cama recordando aquella época
de su infancia (o más bien su llegada a la pubertad) en que habiendo quedado
huérfano de madre, tras ser expulsado de su casa por su padre, se vio en la
calle careciendo de alimento y de un lugar para pasar la noche. Narró su odisea
con lujo de detalles, una verdadera tragedia griega, pero trasladada a la Cd.
de México en la década de 1950.
Mi madre se hallaba ahí de pie, muda ante el horror de ver a
su único hijo varón torturando al autor de sus días. Siendo un niño de once
años, yo no alcanzaba a darme cuenta de que no podía ser responsable de algo
que había sucedido unos 24 o 25 años antes. Los acontecimientos siguen una
cronología, y nadie puede ser responsable por obra u omisión de algo que ocurrió
en el pasado. Sin tener la menor conciencia de esto, yo me sentía terriblemente
mal y guardaba silencio, presenciando una tragedia de la cual se me hacía
responsable.
Si el hijo de puta (incestuoso) que tuve de padre creía el
montón de sandeces que decía, mi madre debió haber intervenido para decirme a
mí que yo no tenía nada que ver con la actuación ramplona y patética de ese
individuo demente, en aquel entonces de 38 años de edad, ya alcohólico y
henchido de odio hacia su hijo varón, que le resultaría muy útil para echarle
la culpa de todos sus problemas y de su autodestrucción, que culminaría 32 años
más tarde, en diciembre de 2007 cuando ya había arruinado mi vida y había
mandado a la tumba Verónica, su hija menor, después incluso de haber tratado de
abusar sexualmente de ella, de violarla.
Mi historia de vida es difícil y hasta el momento no me ha
sido posible aceptar mi pasado. No sé si en este libro sobre TLP podré
encontrar una estrategia para lograr esto, pero tener conciencia de que tengo
un buen intelecto puede constituir un estímulo poderoso.
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