Transcurre el último día de la semana laboral y he trabajado
ágilmente, como ocurre muy frecuentemente. Empiezo a sentirme mejor, pese a que
anoche no me fue posible comunicarme con la psicóloga Celia y me preocupa que
la disponibilidad de ese servicio de atención psicológica haya terminado; no me
gusta nada pensar de que mi involucramiento con esta dama pueda haber llegado a
su fin.
Anoche, ya tarde, traté de comunicarme vía telefónica con
otra psicóloga pero falló mi celular y decidí no volver a marcar, prefiriendo
conciliar el sueño, sin embargo desperté a las cinco de la mañana, sintiendo un
gran malestar estomacal y tomé una tableta de Trimebutina seguida de una
cápsula de Omeprazol. Bajé a la sala y tomé el teléfono y marqué el número de
una unidad de Cruz Verde, me respondió esa psicóloga de nombre Deyanira y la
atención fue buena, me hizo sentir mejor pero no me fue posible hablar en
amplitud sobre lo que había escrito ayer en este blog.
El hecho es que a raíz de la interacción (un tanto difícil)
de la semana pasada con la directora de mi departamento, mi situación laboral
vuelve a ser buena, incluso he pasado por alto ir a reportarme con el médico de
la empresa para que me valore respecto a mi estado de salud mental (algo que él
no tiene la capacidad de hacer), lo cual no ha tenido ninguna consecuencia. En
cambio he tenido interacción frecuente con Mónica, otra médico que ingresó hace
poco más de un año y pienso que incluso pudiera desarrollar algún tipo de
relación con ella, amistad por ejemplo.
En los últimos meses de mi relación de amistad con Laura me
di cuenta de que su vida no es lo que parecía y es prácticamente un hecho que
está bastante mal. No quisiera seguir con ese tema, pero análogamente, las
vidas de muchísimas personas son caóticas, llenas de conflicto, tormentosas y
con una calidad muy deficiente. Pienso en lo mucho que me molesta encontrarme
con mi vecino ‘Pelochas’ o su esposa, gente de lo más desagradable que
representa la orientación de vida que consiste en rendirle culto a lo material.
La señora es la típica vieja babosa de camioneta Town & Country, y él
colecciona automóviles, habiendo llegado incluso a adquirir un Mercedes Bentz
usado en fecha reciente.
El idiota ese se queda mirando la casa como evaluando sus
condiciones y el modo como pudiera afectarle a la suya, cuando en realidad se
trata de dos edificaciones separadas, que comparten solamente el límite entre
ambas. La vieja pendeja nos mira a mi madre y a mí como a vecinos pobres, algo
indeseable para ella, cuando jamás le hemos pedido nada y el modo como vivimos
no tiene la menor consecuencia para ella ni para ninguna persona de su familia.
Estas dos personas, ya llegando a los 50 años de edad, viven
haciendo un uso excesivo de todo tipo de insumos, llámense energía eléctrica,
gas, agua, gasolina, etc. Estableciendo una comparación, yo tomé la costumbre
hace por lo menos cuatro años de bañarme con agua fría todo el año, una
maravilla para la salud. Todos los días tomo un baño, con muy poca agua, sin
elevar su temperatura en lo más absoluto, y mi madre calienta un poco de agua
en la estufa para revolverla con agua en una cubeta y tomar su baño cotidiano.
Entre los años 2017 y 2018, usamos menos de 25 litros de gas (cuyo consumo se
limita a la estufa), mientras que esta gente (una familia de padre, madre y
tres hijas) consume cerca de 200 litros al mes. Además, observándolos es fácil
darse cuenta que no les interesa la cultura, los libros son artículos no
deseados en su casa y pasan su tiempo libre mirando televisión. En otras palabras,
esta gente es el prototipo de la decadencia que afecta a una gran parte de la
población del mundo, lo cual está causando un daño ecológico irreversible
además de provocar en el individuo un vacío existencial y con el paso del
tiempo desesperación e indiferencia por la vida.
Algo que me dijo mucho sobre este pendejo, mi vecino
Pelochas es que en fecha reciente notó que yo había pagado para que podaran un
árbol dentro de mi propiedad, en el frente de la casa. Este señor elogió lo que
hice y mencionó un ficus fuera de mi casa. Este árbol tira muchas hojas a lo
largo de todo el año, algo que para la gente que odia a la vida constituye una
calamidad; equiparan las hojas de los árboles con gotas de ácido fluorhídrico,
imaginan que esa materia orgánica destruye la carrocería de sus automóviles.
Este pendejo me propuso que matáramos ese árbol, el ficus que se encuentra
fuera de mi casa y yo le respondí que yo no mato árboles. Tuve que hacer un
esfuerzo para no mentarle la madre.
Quien me mirara a mí sin conocerme e hiciera lo propio con
él, lo consideraría mejor que yo, pues él tiene un negocio, con altos ingresos
(aunque sospecho que tiene deudas cuantiosísimas), se casó y formó una familia,
etc., mientras que yo he trabajado muy poco tiempo en relación con la edad que
tengo y no he formado un patrimonio.
Una buena indicación sobre la mejoría en mi salud mental es
el hecho de que tales comparaciones ya no me preocupen, ni las tome en cuenta.
No sé qué hay en un futuro inmediato ni a largo plazo, pero la vida me ha
enseñado que el tiempo se encarga de poner muchas cosas en su lugar y eso es lo
que puedo esperar de gente como mi pendejo vecino Pelochas y su señora, gentuza
idiota que representa una forma de pobreza autoinfigida y una falta absoluta de
conciencia sobre su condición como gente que orienta sus vidas a satisfacer
necesidades ficticias.
Así las cosas.
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