viernes, 1 de marzo de 2019

Vivir con diagnóstico, etiqueta y las vidas de otras personas (que tampoco son ejemplares)


Transcurre el último día de la semana laboral y he trabajado ágilmente, como ocurre muy frecuentemente. Empiezo a sentirme mejor, pese a que anoche no me fue posible comunicarme con la psicóloga Celia y me preocupa que la disponibilidad de ese servicio de atención psicológica haya terminado; no me gusta nada pensar de que mi involucramiento con esta dama pueda haber llegado a su fin.

Anoche, ya tarde, traté de comunicarme vía telefónica con otra psicóloga pero falló mi celular y decidí no volver a marcar, prefiriendo conciliar el sueño, sin embargo desperté a las cinco de la mañana, sintiendo un gran malestar estomacal y tomé una tableta de Trimebutina seguida de una cápsula de Omeprazol. Bajé a la sala y tomé el teléfono y marqué el número de una unidad de Cruz Verde, me respondió esa psicóloga de nombre Deyanira y la atención fue buena, me hizo sentir mejor pero no me fue posible hablar en amplitud sobre lo que había escrito ayer en este blog.

El hecho es que a raíz de la interacción (un tanto difícil) de la semana pasada con la directora de mi departamento, mi situación laboral vuelve a ser buena, incluso he pasado por alto ir a reportarme con el médico de la empresa para que me valore respecto a mi estado de salud mental (algo que él no tiene la capacidad de hacer), lo cual no ha tenido ninguna consecuencia. En cambio he tenido interacción frecuente con Mónica, otra médico que ingresó hace poco más de un año y pienso que incluso pudiera desarrollar algún tipo de relación con ella, amistad por ejemplo.

En los últimos meses de mi relación de amistad con Laura me di cuenta de que su vida no es lo que parecía y es prácticamente un hecho que está bastante mal. No quisiera seguir con ese tema, pero análogamente, las vidas de muchísimas personas son caóticas, llenas de conflicto, tormentosas y con una calidad muy deficiente. Pienso en lo mucho que me molesta encontrarme con mi vecino ‘Pelochas’ o su esposa, gente de lo más desagradable que representa la orientación de vida que consiste en rendirle culto a lo material. La señora es la típica vieja babosa de camioneta Town & Country, y él colecciona automóviles, habiendo llegado incluso a adquirir un Mercedes Bentz usado en fecha reciente.

El idiota ese se queda mirando la casa como evaluando sus condiciones y el modo como pudiera afectarle a la suya, cuando en realidad se trata de dos edificaciones separadas, que comparten solamente el límite entre ambas. La vieja pendeja nos mira a mi madre y a mí como a vecinos pobres, algo indeseable para ella, cuando jamás le hemos pedido nada y el modo como vivimos no tiene la menor consecuencia para ella ni para ninguna persona de su familia.

Estas dos personas, ya llegando a los 50 años de edad, viven haciendo un uso excesivo de todo tipo de insumos, llámense energía eléctrica, gas, agua, gasolina, etc. Estableciendo una comparación, yo tomé la costumbre hace por lo menos cuatro años de bañarme con agua fría todo el año, una maravilla para la salud. Todos los días tomo un baño, con muy poca agua, sin elevar su temperatura en lo más absoluto, y mi madre calienta un poco de agua en la estufa para revolverla con agua en una cubeta y tomar su baño cotidiano. Entre los años 2017 y 2018, usamos menos de 25 litros de gas (cuyo consumo se limita a la estufa), mientras que esta gente (una familia de padre, madre y tres hijas) consume cerca de 200 litros al mes. Además, observándolos es fácil darse cuenta que no les interesa la cultura, los libros son artículos no deseados en su casa y pasan su tiempo libre mirando televisión. En otras palabras, esta gente es el prototipo de la decadencia que afecta a una gran parte de la población del mundo, lo cual está causando un daño ecológico irreversible además de provocar en el individuo un vacío existencial y con el paso del tiempo desesperación e indiferencia por la vida.

Algo que me dijo mucho sobre este pendejo, mi vecino Pelochas es que en fecha reciente notó que yo había pagado para que podaran un árbol dentro de mi propiedad, en el frente de la casa. Este señor elogió lo que hice y mencionó un ficus fuera de mi casa. Este árbol tira muchas hojas a lo largo de todo el año, algo que para la gente que odia a la vida constituye una calamidad; equiparan las hojas de los árboles con gotas de ácido fluorhídrico, imaginan que esa materia orgánica destruye la carrocería de sus automóviles. Este pendejo me propuso que matáramos ese árbol, el ficus que se encuentra fuera de mi casa y yo le respondí que yo no mato árboles. Tuve que hacer un esfuerzo para no mentarle la madre.

Quien me mirara a mí sin conocerme e hiciera lo propio con él, lo consideraría mejor que yo, pues él tiene un negocio, con altos ingresos (aunque sospecho que tiene deudas cuantiosísimas), se casó y formó una familia, etc., mientras que yo he trabajado muy poco tiempo en relación con la edad que tengo y no he formado un patrimonio.

Una buena indicación sobre la mejoría en mi salud mental es el hecho de que tales comparaciones ya no me preocupen, ni las tome en cuenta. No sé qué hay en un futuro inmediato ni a largo plazo, pero la vida me ha enseñado que el tiempo se encarga de poner muchas cosas en su lugar y eso es lo que puedo esperar de gente como mi pendejo vecino Pelochas y su señora, gentuza idiota que representa una forma de pobreza autoinfigida y una falta absoluta de conciencia sobre su condición como gente que orienta sus vidas a satisfacer necesidades ficticias.

Así las cosas.

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