A hora y media de terminar el quinto y último día de la
semana laboral, tengo a mis espaldas a tres personas, compañeros de mi
departamento, uno de los cuales me resulta especialmente desagradable, que
ocupa puesto de jefatura, pero no se trata de la alimaña con la que he tenido
problemas.
El tipo al que me refiero en este momento llegó a la oficina
a finales de septiembre o principios de octubre del año pasado, junto con sus
subalternos, ya que se alteró el organigrama e incluso esa gente estaba en otro
edificio. Por mi horario de trabajo, se supone que debo de quedarme casi solo
en la oficina a partir de las seis de la tarde, pero muy frecuentemente esto no
ocurre y permanece muy cerca de mí gente que no me es nada grata, como este
remedo de ratón emasculado.
Tomé mi tiempo de descanso e intenté comunicarme a la
institución donde trabaja la psicóloga Celia, sin conseguirlo. Marqué otro
número y me dijeron que ese servicio está en reestructuración, por lo que no sé
si será posible volver a tener interacción con esa psicóloga, que se ha
convertido en una persona importante en mi vida; es prácticamente seguro que el
domingo no tendré la posibilidad de hablar con ella.
He pensado en acudir el fin de semana a un lugar donde se
ofrecen servicios sexuales, como lo hice el sábado 8 de diciembre pasado, hace
cerca de tres meses. Me atendió una joven muy linda a la que le externé mi
deseo de recibir mucho cariño, más que sexo. Le pedí que durante esa hora que
íbamos a estar juntos pasáramos el tiempo abrazados intercambiando caricias,
besos y plática, una convivencia muy grata con amor en abundancia. Me agrada la
idea y tengo el dinero para pagar ese servicio, pero también pienso que debería
hacer un intento por establecer una relación cercana con una mujer, y el modo
como paso mi tiempo libre hace de esto una imposibilidad. Vivo en una ciudad
enorme, repleta de gente, en un país con una sobrepoblación grave y el número
de habitantes del mundo se acerca a los ocho mil millones y yo me siento muy
solo, incapaz de encontrar la compañía de una mujer. Esta soledad es una de las
facetas más dolorosas de mi existencia.
Miro hacia atrás y recuerdo esos casi tres años de amistad
con Laura, en que nos vimos poquísimas veces, con espacios de muchos meses
entre nuestros encuentros e incluso platicamos por teléfono en muy pocas
ocasiones. Ocasionalmente echo un ojo a las imágenes que reuní de ella durante
ese tiempo y la encuentro hermosa, pero no puedo superar el resentimiento que
tiene su origen en su acto de deshonestidad y de traición en relación con haber
roto la neutralidad en el conflicto que tuve con una psicóloga delincuente, a
favor de ella y en contra mía. Por lo que Laura me dijo en nuestras
conversaciones me di cuenta de que su estilo de vida ha sido muy inusual, ha vivido
rodeada de gente que no pertenece a su círculo familiar más cercano (su cónyuge
y sus hijos) sino por los padres de su esposa y las visitas frecuentes de la
familia de ella. Con la información que tengo sobre Laura (aun sabiendo que no
es mucha) puedo darme cuenta de que su vida está muy mal y muy en el fondo
Laura es una persona muy triste a quien le aterra quedarse sola y no tener a
alguien que la quiera. Por eso es capaz de matarse lentamente haciendo esfuerzos
gigantescos asumiendo responsabilidades que no le corresponden (como hizo
durante tantos años cuidando a sus suegros).
Pensar en Laura me despierta sentimientos encontrados como
gratitud y afecto, y también resentimiento y un cierto desprecio por sus actos
de traición y la deshonestidad que ello implica. Su proclividad a mentir acerca
de sí misma me hace percatarme de su debilidad y entonces comprendo por qué su
propensión a llorar en momentos difíciles durante su interacción conmigo, aún
si no fui yo quien la violentó pero algo en mi comportamiento hizo que detonara
ese llanto. Casi tengo la seguridad de que la vida de Laura ha sido tan difícil
como la mía y llegué a admirarla porque en apariencia llevó muy bien su adversidad,
sin permitir que el sufrimiento arruinara su vida, pero poco a poco me he ido
percatando de que ese no es el caso y en cambio esta mujer ha optado por
hacerse daño realizando cargas de trabajo descomunales, racionalizando su
caminar hacia una tumba prematura mediante historias muy elaboradas, afirmando
que cuando niña y adolescente era tan asocial que se llevaba un libro para leer
en el recreo y en casa pasaba el tiempo encerrada en su habitación, entregada a
la lectura. Estas mentiras absurdas tienen la intención de racionalizar su
alejamiento de sus padres, que seguramente fueron terribles y lo correcto sería
no volver a verlos jamás, pero las tradiciones tanto seculares como religiosas
condenan a quienes las aceptan a no separarse de la familia, sin importar qué
tan destructivo pueda ser eso.
Quisiera dejar de pensar en Laura porque hacerlo me produce
tristeza, furia o lástima y los tres sentimientos son dolorosos.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario