viernes, 1 de marzo de 2019

Laura, mi pensamiento obsesivo, un desengaño, una realidad


A hora y media de terminar el quinto y último día de la semana laboral, tengo a mis espaldas a tres personas, compañeros de mi departamento, uno de los cuales me resulta especialmente desagradable, que ocupa puesto de jefatura, pero no se trata de la alimaña con la que he tenido problemas.

El tipo al que me refiero en este momento llegó a la oficina a finales de septiembre o principios de octubre del año pasado, junto con sus subalternos, ya que se alteró el organigrama e incluso esa gente estaba en otro edificio. Por mi horario de trabajo, se supone que debo de quedarme casi solo en la oficina a partir de las seis de la tarde, pero muy frecuentemente esto no ocurre y permanece muy cerca de mí gente que no me es nada grata, como este remedo de ratón emasculado.

Tomé mi tiempo de descanso e intenté comunicarme a la institución donde trabaja la psicóloga Celia, sin conseguirlo. Marqué otro número y me dijeron que ese servicio está en reestructuración, por lo que no sé si será posible volver a tener interacción con esa psicóloga, que se ha convertido en una persona importante en mi vida; es prácticamente seguro que el domingo no tendré la posibilidad de hablar con ella.

He pensado en acudir el fin de semana a un lugar donde se ofrecen servicios sexuales, como lo hice el sábado 8 de diciembre pasado, hace cerca de tres meses. Me atendió una joven muy linda a la que le externé mi deseo de recibir mucho cariño, más que sexo. Le pedí que durante esa hora que íbamos a estar juntos pasáramos el tiempo abrazados intercambiando caricias, besos y plática, una convivencia muy grata con amor en abundancia. Me agrada la idea y tengo el dinero para pagar ese servicio, pero también pienso que debería hacer un intento por establecer una relación cercana con una mujer, y el modo como paso mi tiempo libre hace de esto una imposibilidad. Vivo en una ciudad enorme, repleta de gente, en un país con una sobrepoblación grave y el número de habitantes del mundo se acerca a los ocho mil millones y yo me siento muy solo, incapaz de encontrar la compañía de una mujer. Esta soledad es una de las facetas más dolorosas de mi existencia.

Miro hacia atrás y recuerdo esos casi tres años de amistad con Laura, en que nos vimos poquísimas veces, con espacios de muchos meses entre nuestros encuentros e incluso platicamos por teléfono en muy pocas ocasiones. Ocasionalmente echo un ojo a las imágenes que reuní de ella durante ese tiempo y la encuentro hermosa, pero no puedo superar el resentimiento que tiene su origen en su acto de deshonestidad y de traición en relación con haber roto la neutralidad en el conflicto que tuve con una psicóloga delincuente, a favor de ella y en contra mía. Por lo que Laura me dijo en nuestras conversaciones me di cuenta de que su estilo de vida ha sido muy inusual, ha vivido rodeada de gente que no pertenece a su círculo familiar más cercano (su cónyuge y sus hijos) sino por los padres de su esposa y las visitas frecuentes de la familia de ella. Con la información que tengo sobre Laura (aun sabiendo que no es mucha) puedo darme cuenta de que su vida está muy mal y muy en el fondo Laura es una persona muy triste a quien le aterra quedarse sola y no tener a alguien que la quiera. Por eso es capaz de matarse lentamente haciendo esfuerzos gigantescos asumiendo responsabilidades que no le corresponden (como hizo durante tantos años cuidando a sus suegros).

Pensar en Laura me despierta sentimientos encontrados como gratitud y afecto, y también resentimiento y un cierto desprecio por sus actos de traición y la deshonestidad que ello implica. Su proclividad a mentir acerca de sí misma me hace percatarme de su debilidad y entonces comprendo por qué su propensión a llorar en momentos difíciles durante su interacción conmigo, aún si no fui yo quien la violentó pero algo en mi comportamiento hizo que detonara ese llanto. Casi tengo la seguridad de que la vida de Laura ha sido tan difícil como la mía y llegué a admirarla porque en apariencia llevó muy bien su adversidad, sin permitir que el sufrimiento arruinara su vida, pero poco a poco me he ido percatando de que ese no es el caso y en cambio esta mujer ha optado por hacerse daño realizando cargas de trabajo descomunales, racionalizando su caminar hacia una tumba prematura mediante historias muy elaboradas, afirmando que cuando niña y adolescente era tan asocial que se llevaba un libro para leer en el recreo y en casa pasaba el tiempo encerrada en su habitación, entregada a la lectura. Estas mentiras absurdas tienen la intención de racionalizar su alejamiento de sus padres, que seguramente fueron terribles y lo correcto sería no volver a verlos jamás, pero las tradiciones tanto seculares como religiosas condenan a quienes las aceptan a no separarse de la familia, sin importar qué tan destructivo pueda ser eso.

Quisiera dejar de pensar en Laura porque hacerlo me produce tristeza, furia o lástima y los tres sentimientos son dolorosos.

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