Al leer sobre mi trastorno límite de la personalidad (TLP),
he tenido en mente que nací con un aparente daño neurológico, y por ende con
trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH). Este hecho, aunado
a haber tenido padres extremadamente incompetentes, que me fallaron
miserablemente y además mi padre era un sádico, posiblemente un psicópata y un
individuo profundamente incestuoso y depravado, resultó una realidad demasiado
difícil para mí, que no habría podido manejar de ninguna manera.
Mi madre cometió un acto de traición hace cerca de 21 años,
a mediados de 1998 cuando me fui a una ciudad fronteriza en el norte del país a
tratar de conseguir un empleo en la maquiladora electrónica, echándome la culpa
del fracaso de su matrimonio, viajando a una ciudad en un estado vecino con
intención de recuperar su relación conyugal, lo que implicó que yo me viera
obligado a regresar a casa y vivir mucho tiempo solo, aislado de mi familia,
sin atención médica y en la pobreza, en una situación que hizo prácticamente
imposible que trabajara y representó la segunda caída de mi existencia, que al
paso de ocho años me llevaría a volver a perder la voluntad de vivir.
El domingo pasado sentí mucha furia contra mi madre porque
cuando iba a hacer uso del horno de microondas, ella se me adelantó para hacer
lo propio, lo que ha sucedido muchísimas veces. No sé cómo le hace para usar
ese aparato exactamente cuando yo me dispongo a hacerlo; no lo hace antes o
después, es como si me leyera el pensamiento e hiciera eso con intención de
fastidiarme.
Parecería que esto no tiene importancia, pero me provoca una
furia que no puedo controlar porque despierta recuerdos del pasado, y la
conciencia de que esta mujer me utilizó durante 25 años (a partir de 1973) en
que llegamos a vivir a una ciudad vecina a la capital del país (yo tenía 9
años) y hasta ese fatídico 1998, en que yo cumplí 34. Entonces decidió que ya
no me necesitaba y se deshizo de mí (o por lo menos lo intentó), echándome a la
basura como si fuera un objeto inservible que tras muchos años de uso ya no
tiene ningún sentido conservarlo.
Pensar en esto me trae a la mente el modo como crecí, con mi
madre siempre enojada conmigo, sobre todo al comenzar el día, en que había que
prepararnos para dirigirnos a la escuela y yo necesitaba más atención que mis
hermanas. Mi madre recordaba entonces que yo tenía problemas de conducta y bajo
rendimiento escolar y manifestaba su desprecio por su único hijo varón,
argumentando que ella y mi padre siempre fueron los mejores estudiantes de su
clase.
Me queda claro que lo mejor para mis padres (como para
millones de parejas) era jamás haber tenido hijos, pero al par de malditos no
se les ocurrió. Como perfectos idiotas decidieron obedecer los dictados de una
sociedad patriarcal y autoritaria que dicta que todo hombre y toda mujer que no
sean católicos religiosos (esto es, sacerdotes o monjas) deben unirse en
matrimonio y criar una familia. Mis padres tenían muy buenos motivos para estar
enojados con la vida y en sus hijos encontraron a quien manifestarles esa
furia, más a unos que a otros. Como hijo mayor, yo fui el primer objeto de
odio; años más tarde, mi hermana Verónica, la menor de los cuatro hijos, tomó
el papel de segundo chivo expiatorio. La violencia en la que vivió la llevó a
una tumba prematura el último día de abril del año 2006 a los 33 años y medio
de edad, dejando tres hijos huérfanos, tres días después de que yo cumplí 42
años.
Parte de la vida sin sentido que he llevado, llena de
violencia, en la que los principales incitadores fueron mis padres y con el
paso del tiempo mis hermanas (sobre todo Mónica y Yolanda, con sus respectivos
cónyuges) tomaron la estafeta.
Por eso la palabra familia y el mito que conlleva me
revuelve el estómago.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario