Los avances que he logrado durante el tiempo que he
desempeñado mi empleo actual son principalmente haber ganado una cantidad de
dinero considerable, que no podría considerarse tal si no tomáramos en cuenta
que viví prácticamente toda mi vida sin un empleo y en consecuencia sin una
remuneración, lo que trajo consigo pobreza económica con todo lo que ello
involucra.
Sumado a esto, he enfrentado situaciones de hostilidad y
agresión de varias personas en mi lugar de trabajo, que en ciertos momentos me
han hecho sentir muy mal, pero no he sentido que puedan poner mi empleo en riesgo, que por algo que haga
pueda ser despedido o que una situación que no pueda manejar me lleve a
renunciar.
Algo muy importante es que le doy demasiada importancia a
las actitudes y a las conductas de otras personas. Como he mencionado antes, a
mediados del año 2017 regresé de una incapacidad de seis semanas por un
accidente (fractura de clavícula) y me encontré con una empleada de recién
ingreso, una señora ya mayor que al comenzar a tratar quiso ponerse muy por
encima de mí, dirigiéndose a mí como a un iletrado o un deficiente mental, por
lo que yo le expresé claramente que no
quería tratar con ella de ninguna manera, que se mantuviera lejos de mí.
Entonces esa vieja comenzó a hablar falsedades de mí a mis
espaldas, diciéndole a mis compañeros que yo era muy grosero con ella (algo
absolutamente falso) y entonces un compañero con puesto de jefatura me declaró
la guerra haciendo uso de sus grandes talentos para la intriga. En los meses
que siguieron (la segunda parte de 2017), me sentí muy mal por una actitud
hostil de personas significativas a mi alrededor, lo que además de provocarme
un estado anímico depresivo, me acarreó un cansancio físico crónico; llegó un
momento en que me sentí abrumado.
Al comenzar el siguiente año, las dificultades disminuyeron,
pero a mediados de 2018 comencé a sentirme mal otra vez por el clima laboral
adverso en el que me hallaba y en octubre me llegó otra crisis, provocada por
la actitud de una compañera llegada a principios de agosto, que a todas luces
se dejó manipular por el maestro de la intriga, mostrando una actitud de
hostilidad hacia mí no disimulada, y de abierto desprecio.
Ese mes fui separado del trabajo y se me permitió regresar
dos semanas más tarde, cuando las autoridades de la empresa (recursos humanos)
se convencieron de que yo no representaba un peligro para nadie, entiéndase
para mi compañero alimaña.
Últimamente he sentido un renovado malestar por eso y por un
incidente que se dio en enero con la directora de mi departamento, una ocasión
en que acudí a ella para reportarle faltas de disciplina de personal de
seguridad y ella se adelantó, pensando y expresando claramente que yo iba a
darle quejas por motivos no justificados, por nimiedades. Cuando la saqué de su
error, ella lo tomó a orgullo y manifestó un gran enojo contra mí. A partir de
entonces decidí alejarme de ella y esto es de particular importancia, pues
siendo ella una persona muy importante dentro de la empresa, tengo la convicción
de que es mi buen desempeño lo que me proporciona una razonable seguridad en mi
empleo, no cómo me lleve con gente “de arriba”.
Contrasta esto con la situación que viví en aquel empleo
hace 21 años, en la maquiladora electrónica en que trabajé como técnico ambiental
y de seguridad e higiene, en que le di demasiada importancia a otras personas
(si bien con puestos de gerencia, como mi ‘amigo’ David, gerente de ingeniería
y Diana, una persona terrible, que ocupaba la gerencia de recursos humanos).
Habría que aclarar que es comprensible que haya cometido este error, pues no
contaba con ninguna experiencia laboral.
Regresé de mi tiempo de descanso poco después de las seis de
la tarde y vi a la directora, por primera vez en varios días pese a que tanto
ella como yo hemos estado aquí en nuestros respectivos horarios de trabajo.
Creí percibir enojo en su mirada, pero por lo arriba expuesto, eso no es motivo
de preocupación para mí.
Tengo buenos razones para sentirme tranquilo y continuar con
mi camino.
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