jueves, 14 de febrero de 2019

Un supuesto mito acerca del trastorno límite de la personalidad, yo no encajo


En el libro que estoy leyendo, comprado en amazon.com la semana pasada (The Borderline Personality Disorder, Survival Guide), el segundo capítulo habla de siete mitos comunes en relación con el trastorno límite de la personalidad (Borderline personality disorder [BPD]). El segundo me llamó mucho la atención: las personas que padecen BPD son individuos violentos, con un alto riesgo de lastimar a otras.

Al exponer este mito, los autores afirman que las personas con BPD generalmente no son violentas, y tienen poca probabilidad de hacerle daño a otros. De hecho, estos pacientes hacen grandes esfuerzos para evitar lastimar a otras personas y una razón para esto es que generalmente le tienen mucho miedo a la soledad y en consecuencia se aferran a sus relaciones, por tanto frecuentemente hacen esfuerzos considerables para ayudar a quien lo necesite.

Sobre este mito, dice además que las personas con BPD dirigen su furia hacia dentro, y en consecuencia es más probable que se hagan daño a sí mismas antes que a otros. Esa es la diferencia con el trastorno antisocial de la personalidad (antisocial personality disorder [ASPD]) en el cual quienes lo padecen dirigen su furia hacia afuera, y es mucho más probable que le hagan daño a otros.

Nunca esperé encontrarme con esto, pero rápidamente me doy cuenta de que esto tiene sentido. Me sorprende mucho que en mi caso (como he comentado muchas veces en entradas anteriores) nunca recurrí al abuso de sustancias, y muy rara vez mostré comportamientos de automutilación (cortarme con navajas de rasurar, pegar un puñetazo a un vidrio). En contraste, en mi juventud no era poco frecuente que me enfrascara en peleas a golpes, y siendo un muchacho sano y razonablemente fuerte, un deportista serio, resultaba un adversario de cuidado.

Lo que definitivamente sí he hecho es mostrar violencia de otras maneras, especialmente mediante la palabra, tanto de forma oral como escrita. Es un hecho que para mí es muy importante hablar con otras personas, pero mi interlocutor tiene que contar con una combinación de características, algunas de las cuales son una formación en salud mental (de preferencia psicología), capacidad de escuchar y poner atención (sin interrumpir), inteligencia, un nivel cultural respetable y empatía. Hay una barbaridad de gente por todas partes, pero la mayoría no escuchan e intentar enfrascarse en una plática con muchas de ellas equivale a jugar al teléfono descompuesto, pero un juego que no tiene nada de divertido y en cambio sí tiene mucho de frustrante, con el riesgo de que el interlocutor en cuestión traicione la confianza depositada en él y después ande hablando de mí a mis espaldas.

Es por ello que cada fin de semana (y últimamente un día entre semana) hablo con algunas psicólogas (siempre del sexo femenino) y expreso lo que tengo en mente, los últimos acontecimientos, lo que pienso al respecto y mis sentimientos y vivencias en relación con cada tema en particular.

Lo otro es escribir. Desde que comencé mi educación, tuve la inquietud de expresarme por escrito y si bien hice poco a este respecto durante mis años escolares, hubo una época en mi adolescencia en que escribí mucho de forma manuscrita, para suspender esta práctica y retomarla en mi juventud y más tarde, al llegar a la edad madura. Es a la vez una catarsis y una terapia, aunque en honor a la verdad, no tiene ningún orden y lo hago de una manera caótica; esto pudiera tener que ver con mi trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH).

He tenido conflictos con personas que me hicieron daño y lo he plasmado por escrito. La intención ha sido siempre hablar con la verdad, describir lo que sucedió de la forma más exacta posible pero sin recurrir a falsear los hechos, aunque sí he expresado en muchas ocasiones ideas que caen dentro del terreno de la especulación, en ocasiones de forma considerable.  

La intención de esto es que lo que me hicieron otras personas no quede totalmente impune, y la gente involucrada en el conflicto no va a acudir a ningún tipo de autoridad buscando que se me sancione, pues se exhibirían a sí mismas. Me parece que el efecto que pueden tener mis escritos en las vidas de otras personas no debe ser subestimado, pues además de exhibirlas ante quienes las conocen pero ignoran lo que son capaces de hacer, y sus actos incorrectos (que deberían ser motivo de vergüenza), leer lo que dice un observador a quien ellas lastimaron, puede hacer que aflore de su inconsciente una realidad que les inquieta y han optado por mantener oculta por medio de falacias, mentiras, autoengaño y racionalizaciones.
Hace una década tuve un conflicto grave con un servidor público (del género femenino) que se convirtió en un escándalo de proporciones no menores, una persona que me atacó y me hizo mucho daño pensando que yo era un enemigo diminuto, débil, carente de recursos, insignificante.

Haciendo uso de mi capacidad para escribir, describí los acontecimientos mediante los cuales esa mujer me atacó exhibiéndola como a una delincuente y como a una indigente moral. El efecto de esto (y que se enterara su cónyuge, a quien ella había manipulado incitándolo a cometer un delito), tuvo consecuencias extremadamente graves y puso de manifiesto algo que muchas personas no tienen la capacidad de entender: que no hay enemigo pequeño.

Más que expresar violencia de forma física, lo he hecho mediante golpes psicológicos, o diciéndole al mundo lo que un individuo hizo, el modo como me hizo daño. Me parece que queda clara la idea de que a este respecto, yo no encajo con ese supuesto mito, pues durante mi vida rara vez me he hecho daño a mí mismo y en cambio, he lastimado a otros cuando me han dado motivos.

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