En el libro que estoy leyendo, comprado en amazon.com la
semana pasada (The Borderline Personality Disorder, Survival Guide), el segundo
capítulo habla de siete mitos comunes en relación con el trastorno límite de la
personalidad (Borderline personality disorder [BPD]). El segundo me llamó mucho
la atención: las personas que padecen BPD son individuos violentos, con un alto
riesgo de lastimar a otras.
Al exponer este mito, los autores afirman que las personas
con BPD generalmente no son violentas, y tienen poca probabilidad de hacerle daño a
otros. De hecho, estos pacientes hacen grandes esfuerzos para evitar lastimar a
otras personas y una razón para esto es que generalmente le tienen mucho miedo
a la soledad y en consecuencia se aferran a sus relaciones, por tanto
frecuentemente hacen esfuerzos considerables para ayudar a quien lo necesite.
Sobre este mito, dice además que las personas con BPD
dirigen su furia hacia dentro, y en consecuencia es más probable que se hagan
daño a sí mismas antes que a otros. Esa es la diferencia con el trastorno
antisocial de la personalidad (antisocial personality disorder [ASPD]) en el
cual quienes lo padecen dirigen su furia hacia afuera, y es mucho más probable
que le hagan daño a otros.
Nunca esperé encontrarme con esto, pero rápidamente me doy
cuenta de que esto tiene sentido. Me sorprende mucho que en mi caso (como he
comentado muchas veces en entradas anteriores) nunca recurrí al abuso de
sustancias, y muy rara vez mostré comportamientos de automutilación (cortarme
con navajas de rasurar, pegar un puñetazo a un vidrio). En contraste, en mi
juventud no era poco frecuente que me enfrascara en peleas a golpes, y siendo
un muchacho sano y razonablemente fuerte, un deportista serio, resultaba un
adversario de cuidado.
Lo que definitivamente sí he hecho es mostrar violencia de
otras maneras, especialmente mediante la palabra, tanto de forma oral como
escrita. Es un hecho que para mí es muy importante hablar con otras personas,
pero mi interlocutor tiene que contar con una combinación de características,
algunas de las cuales son una formación en salud mental (de preferencia
psicología), capacidad de escuchar y poner atención (sin interrumpir),
inteligencia, un nivel cultural respetable y empatía. Hay una barbaridad de
gente por todas partes, pero la mayoría no escuchan e intentar enfrascarse en
una plática con muchas de ellas equivale a jugar al teléfono descompuesto, pero
un juego que no tiene nada de divertido y en cambio sí tiene mucho de
frustrante, con el riesgo de que el interlocutor en cuestión traicione la
confianza depositada en él y después ande hablando de mí a mis espaldas.
Es por ello que cada fin de semana (y últimamente un día
entre semana) hablo con algunas psicólogas (siempre del sexo femenino) y
expreso lo que tengo en mente, los últimos acontecimientos, lo que pienso al
respecto y mis sentimientos y vivencias en relación con cada tema en
particular.
Lo otro es escribir. Desde que comencé mi educación, tuve la
inquietud de expresarme por escrito y si bien hice poco a este respecto durante
mis años escolares, hubo una época en mi adolescencia en que escribí mucho de
forma manuscrita, para suspender esta práctica y retomarla en mi juventud y más
tarde, al llegar a la edad madura. Es a la vez una catarsis y una terapia,
aunque en honor a la verdad, no tiene ningún orden y lo hago de una manera
caótica; esto pudiera tener que ver con mi trastorno por déficit de atención
con hiperactividad (TDAH).
He tenido conflictos con personas que me hicieron daño y lo
he plasmado por escrito. La intención ha sido siempre hablar con la verdad,
describir lo que sucedió de la forma más exacta posible pero sin recurrir a
falsear los hechos, aunque sí he expresado en muchas ocasiones ideas que caen
dentro del terreno de la especulación, en ocasiones de forma considerable.
La intención de esto es que lo que me hicieron otras
personas no quede totalmente impune, y la gente involucrada en el conflicto no
va a acudir a ningún tipo de autoridad buscando que se me sancione, pues se
exhibirían a sí mismas. Me parece que el efecto que pueden tener mis escritos
en las vidas de otras personas no debe ser subestimado, pues además de
exhibirlas ante quienes las conocen pero ignoran lo que son capaces de hacer, y
sus actos incorrectos (que deberían ser motivo de vergüenza), leer lo que dice
un observador a quien ellas lastimaron, puede hacer que aflore de su
inconsciente una realidad que les inquieta y han optado por mantener oculta por
medio de falacias, mentiras, autoengaño y racionalizaciones.
Hace una década tuve un conflicto grave con un servidor
público (del género femenino) que se convirtió en un escándalo de proporciones
no menores, una persona que me atacó y me hizo mucho daño pensando que yo era
un enemigo diminuto, débil, carente de recursos, insignificante.
Haciendo uso de mi capacidad para escribir, describí los
acontecimientos mediante los cuales esa mujer me atacó exhibiéndola como a una
delincuente y como a una indigente moral. El efecto de esto (y que se enterara
su cónyuge, a quien ella había manipulado incitándolo a cometer un delito),
tuvo consecuencias extremadamente graves y puso de manifiesto algo que muchas
personas no tienen la capacidad de entender: que no hay enemigo pequeño.
Más que expresar violencia de forma física, lo he hecho
mediante golpes psicológicos, o diciéndole al mundo lo que un individuo hizo,
el modo como me hizo daño. Me parece que queda clara la idea de que a este
respecto, yo no encajo con ese supuesto mito, pues durante mi vida rara vez me
he hecho daño a mí mismo y en cambio, he lastimado a otros cuando me han dado
motivos.

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