Hoy he trabajado una barbaridad, las páginas han volado siguiendo
su secuencia a diferencia de ayer que me quedé en menos de 20. Me he sentido
bien tanto anímica como físicamente, pese a que al despertar (después de las
7:00 horas) sentía un cansancio bastante acusado. Ayer recibí un monitor de
ritmo cardiaco (también llamado pulsómetro) marca Sigma (alemán) que compré en
amazon.com y hoy no pensaba ejercitarme en mi bicicleta de carreras, pero
decidí hacerlo nada más para estrenar mi dispositivo. Así lo hice durante un
tiempo que no llegó a treinta minutos y mi ritmo cardiaco anduvo entre 130 y
140 pulsaciones por minuto, un ejercicio fácil.
Durante las horas que he estado trabajando he estado
pensando en la llamada de anoche con la psicóloga Silvia en esa unidad de Cruz
Verde, municipio de Guadalajara. Resultó que no fue ella quien me colgó el
teléfono la noche del viernes al sábado pasado, sino “una compañera”. Hablamos
otra vez de Laura, de lo mucho que me duele que se haya ido de mi vida, de mis
sentimientos de afecto hacia ella que contrastan con el resentimiento porque en
el conflicto con la psicóloga delincuente, su compañera en SALME, rompió la
neutralidad a favor de ella y en contra mía, obsequiándole impunidad y
demostrando que yo significaba muy poco para ella, tal vez nada.
Este malestar se intensificó el fin de semana pasado cuando
hablé con una psicóloga (vía telefónica) de aquella institución que tiene un
centro de intervención en crisis y ella me comentó que autoridades de ese
instituto le habían dicho que tuviera cuidado conmigo, pues hay un antecedente
de un conflicto con una psicóloga, que llegó muy lejos y tuvo consecuencias muy
graves; en otras palabras, le dijeron que yo soy un paciente peligroso.
El problema de esto es que no le dijeron lo que hizo esa
psicóloga delincuente e inmoral, no le contaron la parte completa de la
historia y esto constituye otro ejemplo de la corrupción que impera en mi país.
Esa psicóloga delincuente no recibió ningún castigo por lo que hizo porque
tenía influencias entre gente importante de la Secretaría de Salud, que se
encargaron de encubrir el hecho y Laura, esa mujer a la que he querido tanto
durante los últimos once años, se encargó de obsequiarle impunidad a su
compañera.
En la llamada de anoche, con la psicóloga Silvia (que por
cierto es amiga de Laura y conoce a la psicóloga delincuente), le pregunté si
tiene comunicación con Laura, no recuerdo qué me respondió. Yo le manifesté mi
profundo malestar y le pedí que si se comunicaba con Laura le pasara el mensaje
de que yo la quiero mucho, a lo que Silvia accedió añadiendo la pregunta “¿que
vas a estar bien?”, a lo que yo respondí: “ojalá”.
Esto me hizo pensar que Silvia y Laura han hablado de mí y
que esta última se ha preocupado por mí. Durante las horas de la mañana recordé
aquella imagen tomada en el año 2016 en que aparece Laura usando un vestido de
color negro, largo hasta los tobillos, con zapatillas del mismo color, recibiendo
un diploma otorgado por la Secretaría de Salud, en el que se le reconoce como
“profesionista sobresaliente”, algo con lo que estoy absolutamente de acuerdo.
Si de mí dependiera, haría que se le diera un diploma de “bellísimo ser
humano”.
En una imagen Laura posa de pie con una pared a sus espaldas
y se ve increíblemente hermosa, pequeña, delgada, muy femenina pero de su
rostro emana una expresión que parece proyectar la inocencia de la niñez y eso
me despierta un amor inmenso y al mismo tiempo hace más dolorosa la tristeza
que me aqueja.
Pasan unas cuantas horas y de pronto empiezo a sentir enojo
al pensar que en la actualidad, en una institución pública de salud mental se
me considera una persona peligrosa y no se toman en cuenta los actos (incluso
delincuenciales) de la persona con la que tuve ese conflicto que acarreó graves
consecuencias. Y esto es mérito de Laura.
Así, dentro de mí se albergan sentimientos de amor y de
resentimiento hacia una misma persona, lo que representa un problema.
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