Espero la hora de salir a comer, algo que no hago, pero sí
uso ese tiempo para descansar y echarle un ojo a mis cuentas de Twitter y ahora
de la red social que comencé a usar hace cinco días. Hago lo mismo con mi
WhatsApp y los resultados no son muy alentadores, pues todo esto parece ser una
sintomatología de mi soledad y hasta el momento han aparecido prospectos de
amistad o pareja, pero nada concreto.
Mientras pasan las horas de mi turno laboral me siento
aislado del mundo, pues no tengo una ventana al exterior que me permite divisar
algo interesante y en cambio las personas que me rodean me resultan de lo más
molestas y desagradables. Se supone que el uso de audífonos no está permitido,
pero yo hago caso omiso de esa regla y escucho música en mi reproductor mp3, en
buena parte para evitar escuchar las conversaciones de la gente que tengo cerca
de mí.
Una vez que regreso de mi tiempo de descanso, la mayor parte
de mis compañeros se han ido y eso es muy afortunado para mí, pues pese a que
me duele mi soledad, esta deja de lastimarme cuando se alejan de mí personas
repulsivas como el par de idiotas que tengo a mis espaldas, con puestos de
jefatura y una mujer obesa cuyo encéfalo se ha llenado de tejido adiposo y se
la vive diciendo estupideces, cada una mayor que la anterior y por si esto no
fuera suficiente, su figura cargada de manteca junto con su rostro abotagado
hacen de ella una obscenidad andando, su fealdad raya en la impudicia.
El lunes pasado llegué antes de mi hora de entrada y pasé
unos 20 minutos en otro edificio, procurando leer mi libro sobre TLP
(Borderline Personality Disorder, a survival guide) y pasó el médico de la
empresa vistiendo su bata blanca, con su estatura apenas mediana y un aspecto
que refleja entre ocho y diez años más de la edad que en realidad tiene.
Pareció sorprenderse al verme y apenas me saludó, creí percibir una gran
turbación en su semblante, como si algo en mí le hiciera sentirse amenazado. Se
me quedó la idea en la cabeza y después pensé en la alta probabilidad de que haya
leído una traducción que hice la semana pasada (y que me tomó unas cuantas
horas) de un artículo que tenía que ver con medicamentos con extractos
pancreáticos. Si así lo hizo, la calidad de mi trabajo debió impresionarle
mucho, haciendo que cobrara conciencia de que él no tiene nada que hacer
conmigo y con esto me refiero a que el señor dice que él también traduce,
cuando en realidad ni siquiera sabe escribir correctamente en español (no sabe
ni cómo tildar una palabra) y su conocimiento del idioma inglés difícilmente
llegará a intermedio, lo que sucede con muchísimos médicos que tienen la mala
costumbre de decirse doctores, sin tener ese grado académico.
Conforme ha pasado el tiempo, he hablado con personas cuyo
trabajo es escuchar, por ejemplo con terapeutas, psicólogas (siempre género
femenino) y al cabo de una o dos llamadas se dan cuenta de que mi nivel
intelectual es alto, que mi vocabulario es muy extenso y refleja un nivel
cultural poco común; mi capacidad para hacer juicios y raciocinios, sorprende a
mi interlocutor. Debo aclarar que esto sucede solamente cuando entablo
comunicación con gente que sabe escuchar, pues entre profesionales de la salud
mental también abunda gente que interrumpe para manifestar su neurosis, su
patología o una estulticia descomunal. En casos aún más graves, manifiestan sus
patologías en la forma de agresión artera no muy encubierta, pero si se les
confronta por ello recurren al argumento de que ellos solamente hacen su
trabajo y si su interlocutor lo interpreta como agresión, simplemente está
manifestando su disfuncionalidad en forma de una paranoia grave.
Pero volviendo a la idea principal, el médico se dio cuenta
de que soy una persona con capacidades poco comunes tanto en lo intelectual
como en el resto de mi persona, pues la imagen que proyecto es poco común incluso
en hombres veinte años más jóvenes, mientras que él, siendo dos años menor que
yo, aparenta entre ocho y diez más.
Esta es la clase de reacción que yo provoco en muchas
personas, en particular individuos del sexo masculino cuyo mayor problema es la
insatisfacción que representan para sí mismos, siendo perseguidos por esa
frustración en todo momento y en todo lugar y al conocerme, percibiéndome de
entrada como un hombre en la edad madura al que debería considerársele
insignificante, resulta ser todo lo contrario y la comparación que trataron de
entablar acaba abrumándolos, intensificando su dolor y su sentimiento de
saberse fracasados, participantes en una carrera de ratas que no lleva a
ninguna parte más que a desperdiciar la vida, lo único que realmente tenemos.
Yo no lamento el sufrimiento de esos pendejos y en muchas
ocasiones me resulta satisfactorio. Una motivación para seguir adelante.
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