Finalmente hablé con Luz, la mujer a la que conocí en una
red social el pasado sábado, unos minutos después de haber comenzado a usarla.
Ella vive en un estado vecino, Guanajuato, por lo que no era un prospecto de
relación poco probable ni poco práctico. La idea era que nos convirtiéramos en
buenos amigos, y en un tiempo breve, razonable nos conociéramos y tal vez
iniciáramos una relación de pareja. Para ello, yo la habría invitado a venir a
mi casa a pasar un fin de semana, o varios días de asueto, como los de la
semana santa que se aproxima.
Cerca de las 21:00 horas caminaba hacia mi casa, habiendo
descendido de la unidad del transporte público cuando me llegó mensaje de Luz,
vía WhatsApp que decía ‘si quieres márcame’. Así lo hice y ella y yo iniciamos
un diálogo difícil. Le expresé mi deseo de que desarrolláramos una relación
cercana, y con esto quiero decir, que habláramos por teléfono con frecuencia,
todos los días si fuera posible y si no, cuando tuviéramos la oportunidad. Ella
comenzó a interrumpirme y su actitud parecía defensiva, como si yo intentara
hacerle daño, utilizarla como un objeto o agraviarla de alguna manera. Le dije
entonces que lo que yo pretendía era que nos conociéramos poco a poco y si
llegáramos a sentir que teníamos el potencial para convertirnos en pareja, lo
hiciéramos. Luz contestó con una negativa rotunda, lo que yo siempre estuve
dispuesto a aceptar, pero lo que no entiendo es su actitud, el tomar una
propuesta seria y absolutamente correcta que consiste en establecer un vínculo
poderoso con base en el amor, lo mejor que los seres humanos podemos hacer con
nuestras vidas.
Llegar a casa me tomaría unos 10 minutos (iba caminando) y
ante los argumentos de Luz, cargados de una furia quieta, apagada pero muy
intensa, decidí dar por terminada la llamada, sin despedirme; simplemente
colgué.
Llegué a casa e hice lo acostumbrado, subí a mi habitación a
vaciar mis bolsillos en el buró junto a mi cama y cambiarme de ropa y zapatos.
Me dirigí a la habitación de mi madre y le pedí que me diera de cenar. Mientras
sucedía todo esto, yo continuaba manteniendo conversaciones intermitentes con
otras mujeres tanto vía WhatsApp como red social (esa a la que ingresé
recientemente) y movido por una furia surgida del dolor que me provocó la
actitud (para mí incomprensible) de Luz, le envié un mensaje, otra vez vía
WhatsApp diciéndole “no tiene por qué doler, yo parezco un hombre de raza
blanca y tú una sirvienta”, algo extremadamente ofensivo.
Ella leyó ese mensaje y pasaron muchos minutos antes de que
me bloqueara. Sé que estuvo mal lo que hice, pero no lo lamento porque no veo
una justificación a su actitud, pareció no darse cuenta de que con esa postura
me lastimó mucho. Habría sido muy diferente si me hubiera dicho cuáles eran las
razones por las que no querría relacionarse conmigo de una manera objetiva y
sin esa furia para mí inexplicable. Después de cenar, regresé a mi habitación y
volví a tomar mi Smartphone, continuando con las conversaciones intermitentes
con otras damas de la misma red social y más tarde lavarme los dientes, tomar
mi medicina y disponerme a dormir.
Había terminado otro día.
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