Esta madrugada salí de la cama a las 5:00 horas con la
intención de pasear a mis mascotas y así lo hice, en una caminata de unos 40
minutos de duración. Al regresar subí a mi habitación y volví a la cama a
seguir durmiendo, lo que hice hasta las 8:30 horas. No sentí culpa por no
haberme ejercitado, pues sentí que era necesario descansar después del esfuerzo
realizado ayer en la bicicleta.
Durante la jornada laboral he traducido una sección de un
documento que consiste en información sobre numerosas investigaciones
relacionadas con un fármaco para el estreñimiento, muy densa y laboriosa, pero
no me quejo; es preferible al trabajo monótono que implica mi labor cotidiana.
Recordé a la psicóloga Celia Bucay, con quien hablé durante
algunas semanas en un servicio de atención psicológica vía telefónica que al
parecer ya llegó a su fin, y no sé si se vaya a reanudar. Esta dama, mucho más
joven que yo, resultó una mujer muy especial por su alto grado de preparación,
su inteligencia y su disposición a hablar conmigo. Cuando supe cuál era su
apellido me llamó la atención y se lo comenté, ella me respondió que
posiblemente tenía origen judío. Tiempo después le pregunté si creía en Dios y
su respuesta fue afirmativa, en contraste conmigo, pues mi ateísmo es firme.
Ella cree en Dios, pero sin religión, lo cual me parece de lo más acertado.
Le hablé a esta terapeuta de diferentes personajes de la
historia, entre ellos Glenn Cunningham (un deportista estadounidense que vivió
entre los años 1909 y 1988, a quien yo admiro), de los hermanos Hans y Sophie
Scholl (estudiantes de la Universidad de Múnich durante la Segunda Guerra
Mundial, en la Alemania Nazi, a quienes también admiro) y otras personas como
Konrad Lorenz, ganador de un Premio Nobel de histología, a quien desprecio por
haber sido un nazi.
En un momento dado recordé a los antes mencionados Sophie y Hans Scholl, dos personas a las que considero
extraordinariamente valientes y busqué en amazon.com algún libro sobre ellos y
su grupo de amigos, fundadores y miembros de la Rosa Blanca. Encontré uno en un
precio que ronda los 260 pesos (en inglés) y decidí comprarlo. Esa es la clase
de personas que necesito tener en mente para por lo menos intentar darle
sentido a mi vida, pues estoy en un pantano del que no parezco ser capaz de
moverme.
Resulta interesante que en la cita del lunes pasado con
Aura, la joven residente de psiquiatría que me atendió hasta ese día, le
comenté sobre lo difícil que es para mí tratar con tantas personas, porque
muestran la estupidez endémica que afecta a una gran parte de la población del
país en que vivo. Le mencioné a una psicóloga de una institución pública que
hace muchos años (once, durante el 2008, un año especialmente difícil), en un
diálogo le comenté que al terminar la preparatoria fui expulsado de la
universidad fascista del estado en el que vivo (a la que yo llamo Universidad
Hitleriana de Guadalajara) por no haber estado de acuerdo con su ideología
nacional socialista. Ella era egresada de esa institución y cuando le dije que
ahí consideran a Adolfo Hitler y sus secuaces héroes incomprendidos de la
historia, ella exclamó “muy respetable”, una frase de una estupidez inaudita.
Cuando platico con otras personas, es frecuente que dé a
conocer mi postura antifascista y anti nazi, algo que realmente no sé cuántas
personas comparten conmigo.

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