jueves, 14 de marzo de 2019

Jueves, otra sesión de ciclismo antes del amanecer...

Desperté en la madrugada a las cuatro horas y fracción y tomé agua. No sentí cansancio ni la necesidad de seguir durmiendo pese a que las horas de descanso parecían insuficientes (unas cinco) por lo que salí de la cama y me dirigí a la cocina a tomarme una taza de café acompañándola con una pieza de pan para después pedalear en mi bicicleta de carreras sobre rodillos durante poco menos de 20 minutos, cubriendo una distancia de 10 km.

Una vez hecho esto, me dirigí a la planta baja llevando mi bicicleta, donde me puse mi casco y guantes de ciclismo y salí a la calle, eran las 5:15 horas. Como me sucedió el pasado martes, hice un recorrido (de apenas 27 km) mucho más rápido que de costumbre, posiblemente debido a la temperatura mucho más baja que la que acostumbro cuando hago ese recorrido en un circuito de 4000 metros, con secciones con fuertes pendientes. A diferencia del martes pasado, pude hacer funcionar mi monitor de ritmo cardiaco (pulsómetro) y en la subida más fuerte (con más pendiente) mi ritmo cardiaco anduvo debajo de 120 pulsaciones por minuto, cuando el domingo pasado en ese mismo tramo andaba en 155 (de día, a una temperatura mucho más elevada).

Al iniciar el ejercicio (dentro de mi habitación, sobre rodillos) la lectura del odómetro era 867 km, al terminar (al llegar a casa) la lectura era 907 km, lo que implica una distancia total recorrida de 40 km (bastante modesta). El asunto es que ya salí de ese ochocientos y tanto, que siempre me ha causado inquietud. Por alguna razón no me gusta ese número ocho, en ningún lugar a la izquierda del punto decimal y procuro evitarlo. Es como si durante el tiempo que el odómetro de mi bicicleta marca una cifra que contiene ese dígito ocho, algo malo va a suceder en mi vida.

En agosto de 2017 le cambié la batería a la cyclocomputer que tenía en ese momento, marca Cat Eye, de fabricación japonesa. Ese dispositivo ya estaba dañado pero comencé entonces el gran recorrido (que queda registrado en la función ‘odómetro’) y en noviembre de ese mismo año compré en amazon.com otro cyclocomputer, este marca Sigma, de fabricación alemana, muy económico y yo mismo lo instalé. Mis recorridos en bicicleta han sido muy cortos durante muchos años (no he llegado a los 100 km seguidos) principalmente porque la mayor parte del ejercicio lo he hecho sobre rodillos. No sé por qué razón he vivido con miedo a salir a carretera, como si me fuera a ocurrir algo malo, por ejemplo ser víctima de la delincuencia.

Esta semana he salido a andar en bicicleta de madrugada, además siendo esto (salir al exterior) desacostumbrado entre semana. Por alguna razón, el ejercicio de hoy (que terminé cerca de las 6:30 horas) me produjo una sensación de paz, de un profundo bienestar acompañado del presentimiento de que algo bueno va a ocurrir muy pronto. No lo puedo explicar, pero todo esto es bienvenido.

Cuando comencé ese gran recorrido, en agosto de 2017 (cuatro meses después de haberme fracturado la clavícula izquierda en un accidente en la bicicleta), asocié el avance del kilometraje con el destino de un enemigo, el mal compañero de trabajo que comenzó a atacarme unos meses antes, cuando regresé de mi incapacidad por esa lesión sufrida en mayo de ese año. Sé muy bien que lo que yo haga en mi bicicleta de carreras no puede tener ningún efecto en la vida de ninguna persona, excepto la mía, pero esta es una idea de la que no puedo deshacerme, o tal vez no quiero.

En los últimos días de noviembre del año pasado, a ese mal compañero se le presentó una contrariedad muy seria en el trabajo y desde entonces (a lo largo de estos casi tres meses y medio) ha mostrado una actitud hacia mí en que en silencio (no nos dirigimos la palabra) me expresa su malestar en la forma de una mirada de reproche. Esto sucede de forma esporádica, pero frecuente.

Mucho más intensa ha sido mi actividad en la bicicleta (y durante un tiempo mucho mayor, de 21 años) pensando en ese mal individuo al que consideré mi amigo, al que conocí en la universidad, que sentía tanta frustración y tanta envidia porque yo era un buen deportista y él un alfeñique dotado muy pobremente por la naturaleza, que me pegó por la espalda y arruinó mi vida, o por lo menos dio el primer paso para que mi existencia se dañara de una forma que pareció irreparable.

No tengo manera de enterarme de lo que ha sucedido en la vida de ese remedo de Judas Iscariote, pero me imagino que en algún momento tendré noticias de él. Si su vida dio un giro terrible y se convirtió en un infierno, enterarme me hará inmensamente feliz.

Así soy yo.

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