jueves, 14 de marzo de 2019

Revalorando mi vida, habiendo terminado mi juventud

El próximo lunes 18 de marzo se conmemora la expropiación petrolera en mi país, pero no es esa la razón por la que no será día hábil, sino por el 21 de marzo, natalicio de Benito Juárez, uno de los héroes de esta nación.

Ese mismo día, Laura, la mujer a la que más he querido en mi vida cumplirá 48 años de edad. No la he visto desde julio del año pasado y es prácticamente un hecho que ya se fue de mi vida y jamás la voy a volver a ver. Ya no siento tanta tristeza, en parte porque me he dado cuenta de que ella ha hecho de su vida un tinglado de mentiras (lo que no debería afectarme mucho), en parte porque me doy cuenta de que no es tan honesta como parece; en parte porque me doy cuenta de que su bondad es en buena medida una actitud encaminada a que otras personas la quieran, es decir, a conseguir ganancias secundarias.

Dejé de escribir un blog en los primeros días de enero de este año y en una de las últimas entradas aparece Laura como “la mujer que amo” sin mencionar si quiera su nombre de pila, pero el pasado fin de semana le añadí una foto de su rostro que permite que se le identifique. Sé que esto ha tenido repercusiones en su vida y no me sorprendería que me llamara o se comunicara conmigo de alguna manera (por ejemplo vía WhatsApp) para pedirme que modifique eso, pero me parece más probable que no haga tal cosa.

Mañana viernes será el último día laboral de la semana, que será seguido por un periodo de descanso de tres días y eso trae a mi mente un kilometraje mayor recorrido en mi bicicleta. Es un hecho que mi deporte es una de las piedras angulares de mi existencia, por razones que puedo entender y por otras que no puedo dilucidar. Ahora que he perdido peso y he incrementado un poco mi masa muscular, que también ha aumentado mi forma y mi desempeño físico, he vuelto a revalorar el efecto que he conseguido habiendo llevado una vida físicamente activa desde los 16 años de edad, siendo un adolescente atrapado en una vida difícil, sumido desde el principio en un medio familiar hostil, rodeado de violencia, en un ambiente invalidante, con padres que me odiaban y con problemas de aprendizaje por un TDAH no diagnosticado y en consecuencia un desempeño escolar deplorable.

Parte de mi dedicación a la actividad física tuvo como motivación una cierta vanidad, el deseo de tener una buena apariencia física, pero al mismo tiempo, deseaba ser funcional como individuo del sexo masculino y para ello era necesario poder realizar esfuerzos físicos respetables sin pasar por alto el desarrollo de mi intelecto mediante la adquisición de conocimientos técnicos y de una amplia cultura general. Mostré una gran ambición en cuanto a ser, más que a tener.

Ahora que me acerco a los 55 años y veo mi vida en retrospectiva, sé bien que no logré mucho de lo que deseaba, pero por sorprendente que pueda parecer, en buena medida estoy orgulloso de lo que soy. Esto parecería difícil de explicar sabiendo que carezco de un patrimonio por haber vivido sin trabajar, que soy un fracaso social, que he perdido la voluntad de vivir, que he padecido una patología grave que casi arruinó mi vida y todo lo que ello implica; pero mirarme al espejo y percibir a un hombre en la edad madura con muy buenas características físicas, aunado al hecho de que personas significativas en mi vida consideran que la calidad de mi trabajo es excelente y que tengo un cociente intelectual alto, significa mucho para mí e impide que me considere a mí mismo un fracasado.

Dice un adagio en inglés: success is the best revenge. El éxito no está tan lejos, solamente tengo que abrir los ojos y percatarme de ello.

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