En febrero del año 2011 me convertí en paciente de psiquiatría del Hospital Civil Fray Antonio Alcalde, donde me atendió una médico psiquiatra de nombre Fabiola hasta marzo de 2012. Yo había llegado con el diagnóstico de mi trastorno límite de la personalidad (TLP) y al principio Fabiola me prescribió un antidepresivo acompañado de un ansiolítico, Fluoxetina y Clonazepam respectivamente.
A mediados de ese año 2011 empecé a tomar valproato de magnesio (como estabilizador del estado de ánimo) y poco más tarde risperidona (como antisicótico). Para noviembre o diciembre me di cuenta de que había subido unos 6 kg de peso (mi peso corporal pasó de 75 a 81 kg), lo que me hizo sentir mal, pero había caído en un estado de anedonia y por la pobreza en que vivía (sin tener empleo) mi práctica deportiva era reducida pues no tenía dinero para el mantenimiento de la bicicleta y lo necesario (llantas y cámaras). Además como efectos colaterales del medicamento, padecía un cansancio crónico, si bien mis estados anímicos se habían estabilizado como resultado del tratamiento farmacológico.
En los años que siguieron, 2012 y 2013 seguí batallando con un sobrepeso que si bien no era considerable, sí era un problema para mí porque había afectado la imagen que quería proyectar, con un sobrepeso que me había hecho perder la definición muscular por arriba de la cintura y hacía ver mi abdomen un tanto abultado. A partir de la segunda mitad del año 2013 comencé a ejercitarme de una manera mucho más frecuente y para el año 2014, cuando cumplí 50 años de edad ya me hallaba en mi peso.
Un año más tarde, en abril de 2015 ingresé en mi empleo pesando 75 kg, pero debido a los grandes cambios que se dieron a partir de entonces, tuve menos tiempo para dedicar a la actividad física y no reduje mi ingesta calórica, por lo que poco a poco fui ganando peso. A principios del año 2016 caí en un estado depresivo no grave, pero mi actividad física disminuyó en buena medida porque perdí el interés y la motivación. Al mismo tiempo, no tenía conciencia de que comer en mi lugar de trabajo y después volver a ingerir alimento en mi casa daba como resultado un exceso de calorías y esa era la causa principal de mi sobrepeso, a la que se sumaban los efectos colaterales de la risperidona.
En los últimos meses del año 2018 decidí ya no acudir al comedor de la empresa y mantuve mis hábitos alimenticios, que consisten principalmente en comer cereal (avena) por la mañana, evitar la azúcar (sacarosa), comer un sándwich en mi lugar de trabajo y comer al llegar a casa (ahora a las nueve de la noche, tras mi último cambio de horario). Al mismo tiempo mis sesiones de ejercicio se han hecho más intensas y últimamente he aumentado el tiempo de entrenamiento, es decir, el número de horas por semana.
A finales de enero sufrí una intoxicación alimentaria que tuvo como resultado que casi no comiera en dos días, y en los días siguientes (todavía en convalecencia) siguiera comiendo poco. Al regresar a mi trabajo, continué evitando el comedor y poco a poco fui incrementando la duración y la intensidad de mi entrenamiento en bicicleta, con sesiones intercaladas de ejercicios con pesas.
Ahora que estoy otra vez en mi peso ideal (75 kg), siento una gran seguridad en mí mismo no solamente porque parezco proyectar la imagen de un hombre en plenitud de condiciones (ya en la edad madura, próximo a cumplir 55 años) sino también porque hago un trabajo de índole intelectual, muy especializado y ello hace que me perciba a mí mismo como un individuo que ha conseguido un desarrollo íntegro, en cierta medida. Esta es la razón principal por la que pese a haber llevado una vida muy disfuncional, con un pie en la locura, no me considero un fracasado.
Debido al aislamiento que ha caracterizado mi vida, he tenido poca conciencia de que vivo en un entorno (me refiero a mi país) en el que muchas personas adolecen de patologías mentales sin tener la menor conciencia de ello, pero por carecer de etiqueta (diagnóstico) son consideradas normales, útiles a la sociedad sin que se perciba el deterioro en su calidad de vida y una afectación potencial a las personas que tienen a su alrededor, sean familiares, vecinos, compañeros de trabajo, etc.
Creo que por primera vez en toda mi existencia, he conseguido un equilibrio y esto puedo percibirlo en el hecho de que empiezo a disfrutar cada día de la semana, independientemente de que sea hábil o de descanso, en contraste con lo que me sucedía hasta hace poco en que durante el tiempo de la semana laboral (lunes a viernes) mi vida parecía suspendida y se reanudaba el fin de semana, sábado y domingo, que pasaban demasiado rápido.
El bienestar está presente la mayor parte del tiempo y eso es algo que atesoro, me hace sentir bien.
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